Los recientes acontecimientos en Venezuela han desatado un debate profundo que trasciende el caso específico y proyecta una larga sombra sobre el futuro geopolítico de América Latina. La operación militar extranjera que culminó con la captura de Nicolás Maduro, si bien celebrada por quienes sufrieron bajo su régimen autoritario, establece un precedente de una peligrosidad extraordinaria para toda la región. Nos enfrentamos a un escenario donde la acción unilateral y la fuerza bruta de una potencia parecen haber suplantado, una vez más, los principios del derecho internacional y la diplomacia multilateral.
La ilegitimidad del gobierno de Maduro es inobjetable. Fue un régimen que desconoció la voluntad popular, reprimió a su pueblo y provocó una diáspora masiva. Sin embargo, la respuesta a una tiranía interna no puede ser la vulneración de uno de los pilares fundamentales de la convivencia entre naciones: el principio de autodeterminación y de no intervención. Porque romper con este principio, por muy pragmático que pueda parecer en un caso concreto, es un arma de doble filo que amenaza a cualquier nación, grande o pequeña, que en el futuro pueda caer en la órbita de intereses foráneos.
Para Uruguay, cuya identidad nacional y proyección exterior están indisolublemente ligadas al ideario republicano artiguista de Patria Grande, este hecho es fuente de honda preocupación. Y nos retrotrae a recordar aquella dicotomía tan fundamental para comprender las tensiones de nuestra América, que surge en la obra Ariel, del pensador uruguayo J. E. Rodó. En la que frente a Calibán, símbolo de la sensualidad, la torpeza y la fuerza bruta, se erige Ariel, genio del aire, que representa “el imperio de la razón y el sentimiento sobre los bajos estímulos de la irracionalidad; es el entusiasmo generoso, el móvil alto y desinteresado en la acción, la espiritualidad de la cultura”.
La intervención en Venezuela, con su lógica de efectismo inmediato y su desdén por los canales del entendimiento, parece una victoria momentánea de Calibán. Es la acción basada en la potencia pura, ajena a ese “imperio de la razón” que define al espíritu ariélico y que debería guiar las relaciones entre los pueblos.
En definitiva, Calibán encarna desde el materialismo vulgar y la amenaza utilitaria anglosajona hasta la reinterpretación anticolonial de Roberto Fernández Retamar (1971), que lo convierte en símbolo del sujeto colonizado que se rebela contra Próspero. Esta figura ha servido para articular las tensiones entre civilización y barbarie, entre lo propio y lo impuesto. Sin embargo, más allá de estas dicotomías, Calibán también puede entenderse como un mito europeo del “hombre salvaje”, una proyección de los miedos y negaciones de la cultura occidental, lo que invita a desmontar la lógica binaria y a cuestionar la propia construcción de la otredad.
En el contexto latinoamericano actual, Calibán sigue siendo un potente referente para pensar la identidad desde la complejidad y la hibridación, tal como lo propuso Ángel Rama, pues donde no hay simple imposición o adopción pasiva, hay reelaboración crítica, apropiación y diálogo.
Es aquí donde la reflexión debe volverse también hacia nuestro panorama interno, porque la verdadera soberanía no se defiende solo en los discursos pronunciados frente a los medios. Mientras la geopolítica regional se convulsiona, Uruguay enfrenta un desafío doméstico que, en otro plano, también compromete su solidez como nación: el crecimiento sostenido y descontrolado del gasto público. Con un aumento estimado del 10% en términos reales y per cápita este año –continuando una tendencia ininterrumpida desde 2005–, el Estado expande su tamaño de manera constante. Un análisis detallado de en qué se gastan esos recursos revelaría, seguramente, ineficiencias, duplicaciones y prioridades distorsionadas que drenan las energías del país.
Este fenómeno no es ajeno a la cuestión de la autonomía nacional. Un Estado obeso, ineficaz y capturado por intereses sectoriales pierde capacidad para diseñar y ejecutar un proyecto nacional robusto. Dedica sus fuerzas a sostener una maquinaria burocrática costosa, en lugar de invertir estratégicamente en educación de excelencia, innovación, infraestructura crítica y un tejido productivo competitivo. Una sociedad que descuida la austeridad republicana, la eficiencia en la gestión y la calidad del gasto, se debilita desde sus cimientos. Se hace más permeable, no solo a intervenciones políticas como la que hoy nos alarma, sino también a dependencias económicas y a la pérdida de dinamismo propio. Como señalaba Rodó, la dignidad del trabajo útil y la libertad del pensamiento deben componer un ritmo armónico en la existencia de los pueblos.
El precedente venezolano es, en definitiva, una campanada de alerta para toda América Latina. Pone en evidencia la fragilidad del orden basado en reglas cuando choca con fuertes intereses económicos. Uruguay, fiel a su tradición, debe alzar su voz para condenar con ecuanimidad tanto el autoritarismo que oprime a los pueblos desde dentro, como la intervención que los vulnera desde fuera. Pero, al mismo tiempo, debe emprender con urgencia la tarea de poner orden en su casa, de dominar a su propio Calibán de la ineficiencia y el derroche fiscal. Solo una nación cohesionada, próspera, bien administrada y guiada por principios elevados puede encarnar el ideal de Ariel: un espíritu libre, racional y dueño de su destino, capaz de dialogar de igual a igual y de resistir, con la fuerza de la razón y la solidez institucional, en un mundo donde, lamentablemente, la sombra de la fuerza bruta aún pretende imponerse. La soberanía se defiende con dignidad en la política exterior y con responsabilidad en la gestión de lo público. Esa es la lección que nos deja este momento crucial.




















































