Es habitual pensar que resulta deseable cumplir en la vida estas tres cosas: tener un hijo, escribir un libro y plantar un árbol. Esto supone que es bueno dejar una huella en el mundo.
Hay muchas formas de continuidad de la existencia: la construcción de un objeto material, la producción artística y mil otras cosas. Lo primero que nos viene a la mente es la continuidad biológica: perpetuarse en la existencia a través de la descendencia. Nuestros hijos tienen nuestra misma sangre. Pero pocas veces se atiende a la capacidad de perpetuarse a través de una realidad psicológica viva, ser fundador o integrante de una realización institucional: desde un partido político o un movimiento espiritual o un sanatorio o una escuela… hasta un negocio de artículos del hogar o una pequeña pyme… Las posibilidades son muchísimas.
Por otro lado, lo paradójico de la existencia humana es que desencadenamos procesos que no dominamos. Los resultados no siempre concuerdan con las intenciones y a veces los éxitos resultan consecuencia de hechos casuales no previstos.
Gran parte de la vida la vivimos en instituciones. Muchas de las actitudes nuestras las asimilamos en su pertenencia a ellas. Su nombre, sus signos, su historia, su lenguaje y su forma de hacer las cosas se hacen parte de nuestra vida. Basta detenerse un instante y recordar una empresa que haya sido importante en nuestra vida y descubriremos que cada una tiene su estilo particular y su ambiente psicológico. En algún sentido, podemos decir que los integrantes de Toyota resultan parecidos entre sí y diferentes de los de Roemmers. Pero toda esa profunda repercusión psicológica en su mayoría transcurre sin que seamos conscientes.
Si fallece el dueño de una empresa y la vida de esta continúa, se está perpetuandouna realidad psicológica con identidad y vida propias.Los miembros pasan, pero la institución permanece.Es continuación de la actividad que desarrollaban los que ya fueron. Esta es una prerrogativa insondable, exclusiva del hombre. Y ella tiene una profundidad admirable que habitualmente no advertimos en su real dimensión.
Estructura y espíritu
Son instituciones los grupos de personas integradas en una acción, con la finalidad de cumplir una función específica. En esencia, no son sino conjuntos de interacciones. Toda institución, cualquiera sea su dimensión, su finalidad y su estilo, es una comunidad de personas.Como semejantes a organismos vivos, los procesos de la vida y desarrollo de las instituciones atraviesan por situaciones similares. Y desde las de enorme envergadura hasta las más pequeñas, las vicisitudes de su trayectoria tienen rasgos comunes. De modo que los conceptos que desarrollamos en este artículo, pese a la inabarcable diversidad de las organizaciones, estimamos que valen para todas.
Espíritu y estructura son distintas pero esenciales en una institución.
La estructura es el ámbito del orden y de las normas. Es afín a lo racional y a lo técnico. Es prudente, poco amiga del riesgo y tiende a conservar y mantener.
El espíritu señala la índole y el carácter de la Institución (espíritu deportivo, comercial, artístico, político…) y le da el sentido, el estilo y la atmósfera emocional. Es arriesgado, y amigo de remover y renovar, creativo y original.
Sin estructuras y normas, la vida de las organizaciones es caótica y pierde estabilidad. Entra en confusión y finalmente se extingue. Sin espíritu, son entidades rígidas, frías, “sin alma”. La actividad es burocrática y rutinaria. Y el trabajo se deshumaniza y pierde su principal valor.
El tono emocional
En el terreno de la psicología individual, el destacado autor europeo Philip Lersch denomina “temple anímico” (o fondo endotímico) al fondo vivencial profundo de la persona, un estado emocional fundamental que colorea toda la experiencia personal y que abarca sentimientos, emociones y tendencias. Es un estado de “estar-en-el-mundo”, una disposición anímica estable, concepto clave para entender cómo la persona vive la realidad, cómo es su conexión intrínseca y afectiva con su entorno. A diferencia de una emoción pasajera, es una cualidad más profunda y duradera, que influye en cómo percibimos las situaciones, el “tono” afectivo primordial que nos sitúa ante la vida. Y que revela nuestra actitud vital más profunda, como la melancolía, el buen humor o la satisfacción.
De modo similar, aplicando el concepto a la psicología institucional, podemos decir que cada organizacióntiene su “tono vital”, la actitud básica con la que sus integrantes enfrentan la realidad. Es la “atmósfera” que trasmite la vida de la institución. Revelan su temple anímico: el orden, su disposición ante las circunstancias, el ritmo, el modo de abordar los problemas, el estilo de vida y la actitud básica ante la realidad. Las personas están afectadas permanentemente por él, viven “respirando ese clima emocional” que las envuelve. Y así resultan negativos sus comportamientos si el clima no es el deseable. Pero en la práctica existe apenas una conciencia difusa acerca de su realidad. Como se trata de un ámbito de nivel emocional, se sufren sus resultados, pero se carece de un adecuado “darse cuenta” de la índole del tema y se usan argumentos de escaso fundamento para explicar tensiones, crisis y estados de malestar. Hasta el presente, los especialistas ignoran la aplicación del concepto de temple anímico en el terreno institucional y social. Pero basta prestar alguna atención al tema para palpar su realidad y la magnitud de su importancia. Y si imaginamos cuatro o cinco empresas, negocios u organizaciones, comprobamos que cada una trasmite una impresión particular y hasta un olor propio, que no siempre es fácilmente perceptible.
La experiencia histórica
Todos los seres vivos tienen sus procesos de nacimiento y desarrollo. De modo que el presente resulta la consecuencia del recorrido vital. Así también la vida de las instituciones tiene su dimensión histórica. Eso les permite una raigambre que le da identidad a través del tiempo y mucho de lo que hoy es la organización es fruto de una experiencia histórica. Muchas de las realidades del pasado están aún vivas en el presente. Así como es una capacidad humana invalorable el “desatar procesos cuyos frutos recogerán otros”, también es un signo alto de sabiduría sacar provecho de la experiencia que se fue transmitiendo y llega a nosotros.
De modo que, en cada institución, el pasado que nos respalda está presente hoy de mil maneras. El que menosprecia el pasado tiene una existencia sin raíces.
En una obra social se decidió que los empleados de Recursos Humanos se reunieran al final de cada quincena e informaran el total de pedidos de internación recibidos. El gerente del área hacía poco que ocupaba el cargo y había establecido una buena relación con su personal. Por eso resultó una sorpresa que la orden fuera fuertemente resistida y provocara un entredicho. Se consideró oportuno que el psicólogo consultor interviniera y se realizaron un par de reuniones. Lo que resultó claro es que hacía cuatro años había sucedido algo semejante con el gerente anterior, muy autócrata y de mal genio, que había requerido el total semanal de bajas del personal de la obra social. Hasta ese momento nadie recordaba lo sucedido, pero estaban “repitiendo” conductas de aquella experiencia, sin darse cuenta ni “recordar que repetían”. Esto es permanente en las instituciones. Persisten conflictos derivados de problemas anteriores sin tomar conciencia de que su origen son circunstancias históricas incidiendo en el presente.
El cambio inexorable
La esencia de la vida institucional, el propósito que le da sentido y dirección y justifica “para qué existe la organización,” es el proyecto. Es la idea clave, la imagen ideal de aquello que se buscó cuando se fundó. Pero esa imagen en buena parte fue inconsciente, dependió de las circunstancias del tiempo en que surgió y estuvo determinada por los rasgos del fundador. A medida que el tiempo pasa, van cambiando las necesidades y varían los requerimientos del entorno. Hay que ir descubriendo “qué es lo esencial”, porque hay cosas que parecían necesarias e inmodificables, pero después se descubre que no lo eran. Si no existe la capacidad de revisión y se busca mantener la modalidad del principio, las ideas se transforman en conceptos rígidos y la actividad se reduce a cumplir normas. Puede haber buena fe en cuidar la idea originaria y temer las desviaciones. Pero es necesario un cambio. Las cosas no son “para siempre” La dificultad está en que, casi siempre, toda propuesta de cambio y toda crítica al sistema de funcionamiento aparecen como un peligro disonante e incómodo, “perturbador del orden establecido”. Esto implica ignorar que ninguna institución se funda una sola vez Se suceden las transformaciones de la sociedad y las personas pasan. De modo que deben ser refundadas constantemente. En toda organización, al principio se ven muchas posibilidades que se irán realizando y hay posibilidades que emergen después. Es una potencialidad que se va manifestando y ninguna etapa hay que considerarla definitiva o inmodificable. Lo que hay que tener en cuenta, y de una manera constante, es que el principio fundamental de la vida de las instituciones señala: “Todo sistema de funcionamiento suele ser útil, y a veces imprescindible, pero después de un tiempo se hace perjudicial”.
Además, cuando una reforma termina de instalarse, ya comienza a desactualizarse. Por eso se requiere estar “atentos y vigilantes”. El camino acertado está en mantener y desarrollar la idea fundacional, pero sabiendo avanzar adaptándose a las nuevas circunstancias. Por lo tanto, se requiere una “autodestrucción creadora”, purificadora, que rompa el empecinamiento de la resistencia al cambio y encuentre otros caminos que ocupen el lugar de la visión inicial. Alguien que advierta que lo originario se ha desvirtuado. Claro está que con esto se entra en crisis, se experimenta el choque entre lo nuevo y lo viejo, pero es una crisis saludable, una oportunidad de salir del estancamiento. A esto se oponen los ideólogos, fascinados por lo antiguo. La reforma siempre es dolorosa, porque al reformularla se afecta y modifica la idea inicial que nos motivó y veíamos con agrado. Pero sin reforma la institución se asfixia.
En esta destrucción creadora está el punto central de toda la temática de este artículo. El cambio debe ser valiente y sensato a la vez. El no atreverse, el no arriesgar, el no salir de nuestra pasividad, suele ser el origen de la mayoría de nuestros males. Pero también hay que advertir que si bien la destrucción es necesaria, lo más importante es la construcción posterior. Habitualmente no se toma en cuenta que lo esencial no es la revolución, sino lo que esta propone, qué ofrece. No tiene sentido un cambio si no está claro para qué. Nos han acostumbrado a las revoluciones vacías, puebladas sin rumbo, promesas vacías.
Debemos prever que muy fácilmente vamos a tropezar con personalidades intransigentes que no admiten modificaciones. En ellas, la actitud empecinada de resistirse al cambio se convierte en prejuicio, que es toda idea equivocada que no estoy dispuesto a modificar. Me aferro a ella y no admito discutirla. Así también, el ideal se convierte en ideología, concepto que corresponde a toda doctrina prejuiciosa que pretende ser la única interpretación válida de la realidad. Rígidamente incuestionable, impone el orden establecido como sagrado y ve el mundo como el de “unos pocos que tenemos razón” y un montón de enemigos imaginarios “que nos contradicen por todos lados”. De manera que el mayor enemigo de las instituciones es la resistencia al cambio.




















































