Cada 6 de enero, millones de personas en España y otros países comparten un dulce circular coronado de frutas escarchadas. El roscón de Reyes parece una tradición local, pero su historia es un fascinante viaje de dos milenios que atraviesa culturas y continentes, desde las fiestas paganas de Roma hasta el vibrante King Cake de Nueva Orleans.
El origen del roscón se remonta a las Saturnales, fiestas paganas celebradas en la antigua Roma entre el 17 y el 23 de diciembre. Estas festividades, en honor al dios Saturno, marcaban el fin del trabajo en el campo y el regreso de la luz tras el solsticio de invierno. Durante la celebración, se subvertían las normas sociales: los esclavos eran temporalmente liberados.
Entre los trabajadores se repartían tortas redondas hechas de calabaza, higos, dátiles y miel. Alrededor del siglo III, comenzó el peculiar juego de esconder un haba seca –y en algunas versiones, una moneda o un dulce– en su interior. El esclavo que la encontraba –un símbolo de prosperidad– obtenía no solo la libertad durante las fiestas, sino el título simbólico de “rey por un día”.
Cristianización: del haba al Niño Jesús
Con la expansión del cristianismo en el siglo IV, la Iglesia reconvirtió muchas fiestas paganas. La tradición del roscón casi desaparece en Europa, pero sobrevivió en Francia, donde la aristocracia y la burguesía la adoptaron y refinaron. En el siglo XVIII, se añadió una moneda de oro junto al haba, transformando el simple premio en un símbolo de riqueza.
Fue a través de la corte francesa como el roscón llegó a España. Felipe V, el primer rey Borbón, lo introdujo en el siglo XVIII. Con el tiempo, el haba dejó de ser un premio para convertirse en una “penalización”: quien la encontraba –el tontolaba– debía pagar el roscón. Se añadió también una figurita (originalmente un rey de porcelana) cuyo afortunado descubridor era coronado.
Sin embargo, el mayor giro simbólico llegó con la adaptación cristiana. La forma circular de la rosca comenzó a interpretarse como la corona de los Reyes Magos, pero también como un símbolo del amor eterno de Dios, sin principio ni fin. Más significativo aún fue el cambio en la sorpresa escondida: en muchas tradiciones, especialmente en Latinoamérica, el haba o la moneda fue sustituida por una figurita del Niño Jesús.
Este cambio no es casual. Representa el pasaje bíblico de la Epifanía y la posterior Huida a Egipto. El acto de esconder la figurita simboliza cómo José y María tuvieron que ocultar al recién nacido Jesús para protegerlo del rey Herodes, quien ordenó la matanza de los inocentes. Encontrar al “niño Dios” en el pan conlleva una responsabilidad simbólica: en países como México, el afortunado se convierte en su padrino o madrina, comprometiéndose a cuidar la figurita, vestirla y llevarla a bendecir a la iglesia el 2 de febrero, Día de la Candelaria, donde debe ofrecer una fiesta con tamales y atole.
El roscón español: evolución y reinado
El roscón tradicional español es una masa dulce y esponjosa con forma de anillo, decorada con fruta escarchada y almendras fileteadas. Aunque originalmente no llevaba relleno, desde finales del siglo XX se popularizaron versiones con nata, crema, trufa o cabello de ángel.
Según la Asociación Española de la Industria de Panadería (Asemac), en España se consumen unos 30 millones de roscones cada temporada, más de uno por hogar. A pesar de la creciente popularidad del panetone italiano, las búsquedas en Google y los datos de ventas confirman que el roscón sigue siendo el rey indiscutible de la sobremesa del 6 de enero.
Un dulce con pasaporte: variantes globales
La tradición del roscón cruzó fronteras y océanos, adaptándose a cada cultura:
- Francia: la Galette des Rois. En el norte del país, la versión es una tarta de hojaldre rellena de crema de almendras (franchipán). Conserva el haba (fève) y la corona de cartón. La tradición manda que el niño más pequeño se coloque bajo la mesa para asignar las porciones aleatoriamente.
- Italia: la Focaccia della Befana. En la región de Piamonte, se consume un dulce similar al brioche, con forma de margarita, asociado a la Befana (una bruja buena que reparte regalos el 6 de enero).
- Portugal: el Bolo Rei. Muy similar al español, pero aromatizado con vino de Oporto. Sobrevivió pese a la abolición de la monarquía en 1910.
- México: la Rosca de Reyes. Llegó con la colonización y se adaptó usando ingredientes locales como el acitrón (hoy prohibido por conservación). Aquí es donde la tradición del muñequito del Niño Jesús se vive con mayor intensidad, ligando directamente la festividad del 6 de enero con la del Día de la Candelaria y la obligación de la tamaliza.
- Estados Unidos: el King Cake de Nueva Orleans. Esta herencia francesa en Luisiana se consume desde el 6 de enero hasta el Mardi Gras. Es un rulo de canela en forma de anillo, cubierto de azúcares morado, verde y dorado (justicia, fe y poder), y esconde un bebé de plástico, una evolución moderna de la figurita religiosa.
Un hilo dulce que une a la humanidad
Desde las tortas de miel que celebraban el fin del invierno en Roma hasta los coloridos King Cakes que anuncian el carnaval en Nueva Orleans, la rosca de Reyes es mucho más que un postre. Es un símbolo de comunidad, fortuna y renovación que ha demostrado una extraordinaria capacidad de adaptación.
Su evolución –de una simple haba que concedía un día de libertad, a una moneda de oro, y finalmente a una figurita que representa al niño Dios– narra la propia historia cultural de Occidente. Este ritual compartido en tres continentes nos recuerda que, bajo diferentes nombres y sabores, celebramos deseos y narrativas universales: la búsqueda, la protección, la esperanza y la alegría de compartir. Un legado dulce que, milenio tras milenio, sigue uniendo a las personas alrededor de la mesa en una tradición que mezcla lo lúdico, lo social y lo profundamente simbólico.




















































