Irán lucha en dos frentes: uno interno, con una economía al borde del colapso por las sanciones y una desconfianza ciudadana sin precedentes; y otro externo, con una presión internacional renovada y una amenaza militar que deja al régimen en una de sus horas más críticas
“El asesinato generalizado de manifestantes civiles en los últimos días por parte de la República Islámica recuerda los crímenes del régimen en la década de 1980”, afirma Mahmood Amiry-Moghaddam, director de Iran Human Rights (IHRNGO), señalando la gravedad de la situación actual.
Desde finales de diciembre de 2025, Irán se encuentra inmerso en la ola de protestas más extensa desde el movimiento “Mujer, Vida, Libertad” de 2022-23. Lo que comenzó como manifestaciones económicas en los bazares de Teherán se ha transformado en un desafío político de alcance nacional, enfrentando al gobierno con una crisis multifacética que combina malestar económico, descontento social y una severa represión.
Contexto y origen de la crisis
Las protestas actuales estallaron el 28 de diciembre de 2025, cuando comerciantes de Teherán cerraron sus tiendas para protestar por la inflación galopante y la drástica devaluación del rial, que había perdido más del 40% de su valor desde la guerra de 12 días con Israel en junio de 2025.
Esta situación económica insostenible se desarrolla en un contexto más amplio de sanciones internacionales renovadas. En septiembre de 2025, el Reino Unido, Francia y Alemania reinstauraron las sanciones de la ONU suspendidas tras el acuerdo nuclear de 2015, tras determinar que Irán había incumplido significativamente el acuerdo. El Fondo Monetario Internacional estima que la inflación en Irán alcanzó el 32.5% en 2024 y podría superar el 40% en 2026.
La crisis alimentaria ha sido particularmente grave, con una inflación de precios de alimentos básicos que supera el 70%. El gobierno intentó contener el descontento ofreciendo subsidios directos en efectivo de casi 7 dólares mensuales, pero esta medida resultó insuficiente.
Progresión y evolución de las protestas
Las protestas se han extendido a las 31 provincias del país, incluyendo áreas tradicionalmente leales al régimen. La magnitud de la movilización casi se duplicó entre el 7 y el 8 de enero, registrándose protestas en al menos 156 instancias en 27 provincias, incluyendo 60 protestas de tamaño medio (más de 100 participantes).
Un factor crucial en la expansión del movimiento ha sido su extensión a regiones de mayoría kurda en el noroeste del país. Grupos kurdos como el Partido Democrático Kurdo de Irán (KDPI) y Komala llamaron a una huelga general nacional el 8 de enero en respuesta a la represión violenta en las provincias de Kermanshah, Ilam y Lorestán. Esta dimensión étnica preocupa especialmente al régimen, que históricamente ha mostrado ansiedades sobre el separatismo kurdo.
Entre la represión y la negociación
El gobierno iraní ha respondido con una combinación de medidas represivas y retórica acusatoria. Las autoridades han implementado un apagón de internet a nivel nacional desde el 8 de enero, una medida que según expertos refleja cuán grave perciben los líderes iraníes la situación. Este bloqueo comunicativo dificulta enormemente la verificación independiente de los acontecimientos.
En el ámbito militar, el régimen ha tomado la inusual decisión de desplegar las Fuerzas Terrestres del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) para suprimir protestas en la provincia de Kermanshah. Este despliegue es significativo porque el régimen tiende a utilizar principalmente a las fuerzas paramilitares Basij para controlar disturbios sociales, reservando las Fuerzas Terrestres del IRGC para las circunstancias más extremas, cuando perciben las protestas como una insurgencia más que como manifestaciones ciudadanas.
Las cifras de víctimas varían según las fuentes. Iran Human Rights (IHRNGO) estima que al menos 648 manifestantes, incluidos nueve niños menores de 18 años, han muerto desde que comenzaron las protestas. Otras organizaciones como Human Rights Activists News Agency (HRANA) reportan más de 500 muertes y casi 10,700 detenciones. Los informes médicos indican que muchos de los fallecidos presentaban heridas de bala en la cabeza y el cuello, sugiriendo ejecuciones a corta distancia.
La retórica oficial ha sido igualmente dura. Según informó hace dos días El País de Madrid, el fiscal general de Irán ha advertido que quienes participen en los disturbios podrían ser considerados “enemigos de Dios” (moharebeh), una acusación que puede conllevar la pena de muerte. Teherán también ha acusado repetidamente a Estados Unidos e Israel de alimentar los disturbios a través de “terroristas” y “mercenarios” apoyados desde el extranjero.
La dimensión internacional: diplomacia y amenazas
La comunidad internacional ha reaccionado con creciente preocupación y acciones diplomáticas. Varios países de la UE, incluidos España, Finlandia, Bélgica y República Checa, han convocado a los embajadores iraníes en respuesta a la represión violenta. El Parlamento Europeo ha prohibido la entrada a sus sedes a diplomáticos y representantes iraníes.
Estados Unidos ha adoptado una postura particularmente firme. El presidente Donald Trump ha amenazado con intervenir militarmente si las fuerzas de seguridad iraníes responden con fuerza contra los manifestantes. Trump afirmó haber recibido una llamada de Irán para negociar, aunque también anunció un arancel del 25% para los países que hagan negocios con Irán.
En cuanto a Israel, el primer ministro Benjamin Netanyahu ha expresado apoyo a “la lucha [de los iraníes] por la libertad” y condenado “las masacres sobre civiles inocentes”. Esta posición se enmarca en la tensa relación histórica entre ambos países, exacerbada por los ataques israelíes y estadounidenses a instalaciones nucleares iraníes en junio de 2025.
Perspectivas de futuro: ¿un punto de inflexión?
Los analistas ofrecen interpretaciones divergentes sobre el significado y potencial desenlace de las protestas actuales. Por un lado, algunos expertos señalan que estas protestas carecen de un líder unificador y de una causa cohesionadora más allá del descontento económico generalizado. También destacan que, a pesar de las recurrentes protestas en las últimas décadas, las fuerzas de seguridad han permanecido mayormente leales al estado.
Sin embargo, otros observadores señalan características distintivas que podrían indicar un potencial transformador mayor. Sanam Vakil, directora del Programa de Medio Oriente y Norte de África de Chatham House, afirma que “estas protestas, sea cual sea el resultado, sin duda dañarán aún más la ya fracturada legitimidad de un Estado que, en mi opinión, se encuentra al final de su vida”.
Dina Esfandiary, responsable de Medio Oriente de Bloomberg Economics, ofrece una perspectiva similar: “Se ha llegado a un punto de ebullición […] Anticipo que la República Islámica que vemos hoy en día probablemente no existirá en 2027. Realmente creo que va a haber algún cambio”.
El factor económico sigue siendo central en esta ecuación. Con una economía que ha crecido solo alrededor del 1% en las últimas dos décadas y una moneda que ha perdido casi el 90% de su valor desde 2018, la base material para el descontento es sólida. El gobierno de Pezeshkian ha propuesto un presupuesto que aumenta el gasto en seguridad en casi un 150% mientras ofrece aumentos salariales que equivalen a solo dos quintos de la tasa de inflación, una decisión que podría exacerbar las tensiones.
Un régimen bajo presión multidimensional
Las protestas actuales en Irán representan una convergencia inusual de factores: crisis económica profunda, descontento social generalizado, tensiones étnicas latentes y un contexto regional e internacional particularmente hostil. A diferencia de movimientos anteriores más focalizados, el actual desafío parece tener un carácter más expansivo y multisectorial.
El régimen se encuentra en la difícil posición de tener que abordar demandas económicas legítimas mientras mantiene una postura de línea dura contra lo que percibe como amenazas a su supervivencia. Su dependencia de medidas coercitivas extremas, como los apagones de internet nacionales y el despliegue de unidades militares de élite contra manifestantes, sugiere una profunda preocupación por la estabilidad del sistema.
Mientras las calles iraníes siguen siendo escenario de confrontaciones y la comunidad internacional incrementa su presión, la pregunta fundamental sigue siendo si el régimen puede encontrar fórmulas para canalizar el descontento sin comprometer los pilares de su autoridad, o si estas protestas marcan el inicio de una transformación más profunda en la compleja política iraní.


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