El Uruguay es uno de los países más caros del mundo. “Tenemos costos del primer mundo y servicios del tercer mundo”: hace mucho tiempo que venimos escuchando esta aseveración y la tenemos más que asumida. Cualquier medición que se haga, con el índice que sea, nos coloca al tope continental y entre los países más caros del mundo. Los gobiernos pasan, las políticas se continúan y el encarecimiento es cada vez mayor. En el primer año de esta administración de gobierno el dólar se depreció en el orden del 13%, lo que sumado a la inflación arroja un encarecimiento en dólares en el entorno del 17%. Hace un año éramos carísimos, hoy lo somos un 17% más, medido en dólares.
¿Qué significa ser un país caro? Significa en primer lugar que cualquier empresa o industria extranjera tendrá, en materia de costos, disposición de buscar otro lugar para instalarse. Siguiendo la lógica capitalista, que es la que motiva a cualquier empresario en el mundo actual, ¿por qué habrá de venir a un país en el que debe pagar más que en otros países de la región por concepto de impuestos, salarios, servicios públicos, energía, etcétera? Al menos hasta hace un tiempo teníamos la ventaja de ser un país más seguro, pero ahora ni eso. Conclusión: las empresas no vienen a Uruguay, salvo que se les otorgue beneficios y exoneraciones que compensen ese tremendo encarecimiento en los costos.
Las pequeñas y medianas empresas nacionales, ya sean de giro agropecuario, industrial, comercial, de servicios o turismo, son las que generan más del 90% de los puestos laborales en el sector privado de nuestra economía y, sin embargo, no reciben los beneficios y exoneraciones que generosamente se otorgan a las grandes empresas extranjeras. El sector productivo, que genera los ingresos con los que el Estado afronta sus obligaciones, está irremediablemente atado al precio del dólar, moneda en la que reciben sus ingresos, siendo sus egresos principalmente en pesos, lo que hace cada vez más difícil su sobrevivencia.
La alta inflación es una maldición que ha golpeado históricamente a los países de nuestra región. Combatir la inflación es un objetivo de cualquier gobierno, sea del signo que sea, y para ello la única receta es equilibrar las cuentas públicas, existiendo tres caminos para lograrlo. El primero es lo que haría cualquier familia o persona con sentido común: racionalizar los gastos, gastar solo lo que se puede y no endeudarse al punto de comprometer a los hijos o a los nietos. Otro camino es un marcado aumento de la productividad, es decir mayor producción sin aumentar costos. Por esta vía se generan condiciones en que las empresas tienen costos adecuados que le permiten competir con quienes, en otros países, producen lo mismo y venden en los mismos mercados.
El tercer camino para controlar la inflación en una economía dolarizada en la que los productos importados fluyen libremente, hacer que el dólar no suba. De esta forma todos aquellos bienes importados mantienen sus precios estables en pesos. Para lograr ese control del precio del dólar es necesario retirar pesos del mercado y para ello se elevan las tasas de interés en pesos muy por encima de la inflación. Es así como muchos capitales se sienten atraídos, traen grandes cantidades de dólares, se pasan a pesos que colocan a esos altos intereses, inundando la plaza de dólares, lo que produce la baja de su cotización. Al tiempo se vuelven a los dólares y, por el doble efecto de las altas tasas de interés en pesos y la baja del tipo de cambio, logran jugosas ganancias sin generar un solo puesto de trabajo. Por esta vía el Uruguay ha perdido en los últimos años miles de millones de dólares de sus reservas.
El efecto inmediato de esta política es el endeudamiento creciente y el encarecimiento de nuestra economía, con el consiguiente alejamiento de posibles inversores y la afectación en el mercado de trabajo local. Además de provocar un verdadero éxodo de uruguayos que prefieren pasar sus vacaciones o hacer sus compras fuera de fronteras, a un costo bastante menor que el interno, lo que complica aún más las cuentas públicas.
Esto que es tan claro y que ocurre en nuestro país desde hace mucho tiempo, ¿no lo ven nuestros gobernantes? Sí, lo ven, pero claramente no están dispuestos a tomar el primer camino, el de controlar el gasto, ni el segundo que obligaría a trabajar más sin mayores remuneraciones. Son caminos sin rédito electoral inmediato. El camino elegido es el más fácil, el que genera la ilusión de un manejo responsable de la economía, aunque en el tiempo su efecto sea devastador.
Es notorio que nuestros economistas estudian en las mismas universidades del hemisferio norte, con los mismos profesores y en los mismos libros. Después unos se hacen frenteamplistas, otros blancos, otros colorados, pero el chip que tienen incorporado en su cerebro es el mismo. Es así como administración tras administración las políticas que se llevan adelante son en esencia las mismas. Y los resultados son, como vimos, devastadores para amplios sectores de la economía nacional, especialmente en los que generan la riqueza genuina y proporcionan los recursos para que el Estado pueda atender sus crecientes necesidades.
Al igual que en una familia, vivir de un endeudamiento creciente tiene sus límites. Llegará el día en que la situación explotará y todos los uruguayos pagarán duramente por no haber cambiado a tiempo el rumbo. Ojalá estemos a tiempo…





















































