El orden normativo al que llamamos derecho es una notable creación de la humanidad para regular las relaciones entre los seres humanos y favorecer la pacífica convivencia. Digamos que posee diferentes ramas y en lo que hace a la que llamamos derecho privado, se consolidó hace unos mil quinientos años en Roma, a tal extremo que si un jurista de la antigüedad latina pudiera ejercer en el mundo moderno casi no notaria diferencias entre las instituciones de aquella época y las del día de hoy. En la Roma antigua ya se había regulado la familia, la propiedad, el arrendamiento, la compraventa, etcétera, de manera que ese legado ha llegado a nuestros días de una manera que su esencia permanece inalterada y los cambios introducidos no han supuesto modificaciones sustanciales.
No sucede lo mismo con el derecho internacional, donde las relaciones carecieron de una regulación propiamente jurídica que asegurara las relaciones pacíficas entre los Estados regulando su convivencia. Por el contrario, las relaciones entre los Estados fueron normalmente relaciones que se regulaban por la fuerza que eventualmente pudieran imponer las partes al margen de cualquier consideración de pacífica convivencia o justicia.
El derecho internacional tiene sus orígenes en la llamada Escuela de Salamanca y particularmente a partir de las enseñanzas del fraile dominico Francisco de Vitoria, quien formuló principios que debían informar la comunidad de las naciones propias del derecho natural. A tal extremo se considera a este religioso católico como padre del derecho internacional que mereció hasta un homenaje de la ONU, que a la Sala del Consejo en el Palacio de las Naciones de Ginebra, se le dio su nombre y se colocó un retrato del citado religioso dando clase en la Universidad de Salamanca. Vitoria fue un precursor en la defensa de los derechos humanos y defendió a los indígenas sosteniendo que se debían respetar sus derechos, lo que inspiró las leyes de Indias a partir del reinado de los Austria en España.
Pero en lo que nos interesa, por primera vez este protagonista de su tiempo sostuvo la necesidad de construir un mundo basado en la comunidad de las naciones, regulada por normas de equidad y respeto, que impusiera la colaboración de las naciones para obtener la felicidad de los hombres. Su posición y la de la Escuela de Salamanca, es totalmente contraria a la que en materia internacional pretendió sentar uno de los padres del liberalismo como Hobbes, quien definió al hombre como el lobo del hombre y privilegió la fuerza en las relaciones de convivencia y no la colaboración humana. Señalemos que, en esta materia, el pensamiento liberal es claramente precursor del pensamiento marxista, que considera que el enfrentamiento o contraposición dialéctica es el motor de la historia. Esto no es extraño desde el momento que el liberalismo impuesto en el siglo XVIII y principios del XIX, terminó generando las condiciones para el surgimiento del marxismo en la segunda mitad del siglo diecinueve.
El derecho internacional es un derecho que en términos históricos es más moderno que el derecho privado, está en estado de formación, buscando una fórmula que le permita tener solución sobre problemas de la más diversa índole. Ni siquiera se ha definido aún, si los derechos internos tienen primacía sobre el derecho internacional o si es a la inversa, digamos de paso que si el derecho internacional consolida la primacía que algunos pretenden, el gobierno mundial se concretará a despecho de las soberanías nacionales, que quedarán sometidas a los designios de dicho poder. El derecho en cualquiera de sus ramas es una creación humana para facilitar la convivencia consagrando fórmulas de justicia que aseguren una convivencia pacífica de los seres humanos, de acuerdo con un ideal. Por lo tanto, es de evitar lo que con criolla picardía propone José Hernández en el Martin Fierro: “La ley es tela de araña y en mi ignorancia lo explico, no le tema el hombre rico, no le tema el que manda, pues la rompe el bicho grande y solo enreda a los chicos”. Traemos a colación esta enseñanza bien criolla, porque la ley, incluido el derecho internacional, no puede ser una telaraña que envuelva a los seres humanos y los enrede en ella de manera que se hagan trizas sus expectativa y derechos.
Para criticar la intervención en Venezuela de Estados Unidos, se ha hablado de la violación de los principios de no intervención y autodeterminación de los pueblos, como normas violadas por la potencia hegemónica. Digamos, en primer lugar, que el país hermano hace añares que está intervenido por Cuba, a la que debe suministrar gratuitamente su petróleo y soportar que sus militares se constituyan en la guardia pretoriana de quien ejerce el poder dictatorialmente en la patria de Bolívar. Digamos, además, que hace mucho tiempo que el pueblo venezolano no se autodetermina, ya que su gobierno no es el resultado de un pronunciamiento popular, sino que por el contrario resulta de la imposición de una oligarquía política autocrática, a la que casi nadie en el mundo le reconoce ni un atisbo de legitimidad. Ocho millones de venezolanos diseminados por el globo son el éxodo moderno más elocuente del sufrimiento de un pueblo hispanoamericano.
Por lo tanto, el derecho no puede ser la telaraña que envuelva a un pueblo sufrido para condenarlos a la eterna privación de sus derechos soberanos. Hubiéramos preferido una acción conjunta de Hispanoamérica para poner fin al suplicio de los venezolanos y ayudarlos a recuperar el ejercicio soberano de sus derechos, pero lamentablemente muchos gobiernos con indisimulada complicidad con la camarilla despótica que ejercía el poder en el país hermano frustraron toda posibilidad de recuperar para los venezolanos la dirección de su destino. Como señaló Couture en sus famosos Mandamientos del abogado: “Tu deber es luchar por el derecho, pero el día que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia”.
Todo ello no quita que es de esperar que el remedio no sea peor que la enfermedad y por propósitos meramente materiales de consolidar la hegemonía mundial, el cambio solo sea cosmético, sustituyendo al dictador por una camarilla de obsecuentes lacayos del poder mundialista. Por el momento, solo disfrutamos de la inocultable alegría de millones de exiliados venezolanos, de unos pocos presos políticos liberados y esperamos por novedades de los vernáculos.
TE PUEDE INTERESAR:





















































