El consultor macroeconómico y tributario y exasesor del Ministerio de Economía, Ramón Pampín, conversó con La Mañana acerca del desempeño de la economía durante 2025. Destacó la continuidad en la política macroeconómica pese al cambio de signo político, y detalló que el bajo crecimiento es uno de los desafíos principales y para abordarlo se requieren reformas estructurales. “En el plano productivo, el desarrollo del riego aparece como un ejemplo concreto de política estructural con impacto potencial significativo”, remarcó.
¿Cómo describiría el estado general de la economía uruguaya al cierre de 2025?
La economía uruguaya cerró 2025 completando un nuevo año del proceso de normalización pospandemia. En ese marco, el crecimiento se habría ubicado algo por encima del 2% en 2025, mientras que para 2026 proyectamos una expansión algo menor, por debajo de ese umbral.
Este desempeño refleja lo que podría llamarse una normalidad estructural, asociada a una tasa de crecimiento basal del entorno del 2% o incluso inferior, en un contexto externo que deja de ser tan favorable y con un escenario doméstico que tampoco resulta especialmente estimulante.
Al mismo tiempo, estos mismos factores han contribuido a que la inflación se mantenga en niveles bajos, lo que abre una ventana de oportunidad para avanzar en la desindexación de algunos precios y contratos, un aspecto relevante para mejorar el funcionamiento de la economía en el mediano plazo.
¿En qué medida cree que la actual administración ha modificado los lineamientos centrales de la política económica anterior?
Si por lineamientos centrales entendemos el compromiso con una macroeconomía estable, no se observan cambios significativos. Uruguay tiende a mostrar continuidades en este plano, y los ajustes suelen darse más bien en el margen, lo cual no deja de ser relevante.
Ha sido particularmente claro el compromiso con el éxito del Banco Central en el cumplimiento de la meta de inflación, que ya venía mostrando resultados positivos, más allá de la ayuda que haya podido brindar el contexto externo. En materia fiscal, el compromiso con la meta se mantiene, mientras que el uso de los instrumentos –mayor énfasis en ingresos o en gastos– responde en buena medida a las preferencias ideológicas de los gobiernos en cada período.
¿Qué tan consistentes le parecen las metas fiscales y de crecimiento planteadas en la Ley de Presupuesto?
Las metas planteadas en la Ley de Presupuesto lucen exigentes, pero en principio podrían ser realizables en el acumulado. Como en todo ejercicio de proyección fiscal, resulta clave contemplar no solo el escenario central, sino también los posibles desvíos respecto a ese escenario.
En ese sentido, el principal riesgo suele estar asociado a sobreestimar el crecimiento económico, ya que de ello depende una parte relevante de la recaudación, en particular de los impuestos indirectos. Un crecimiento menor al previsto puede generar tensiones en el cumplimiento de las metas fiscales.
Al mismo tiempo, el presupuesto contempla nuevas fuentes de ingresos, que podrían actuar como amortiguador frente a eventuales desvíos del crecimiento, contribuyendo a sostener el equilibrio fiscal aun en un contexto de menor dinamismo económico.
Con frecuencia se señala que Uruguay necesita cambios estructurales para salir de la dinámica de bajo crecimiento que arrastra desde hace décadas. ¿Comparte esa visión?
El bajo crecimiento es, junto con la persistencia de la desigualdad y la pobreza, uno de los grandes desafíos que enfrenta Uruguay de cara al mediano y largo plazo. Es un campo amplio de análisis, donde se requieren propuestas de corto, mediano y largo plazo, con especial énfasis en las dos primeras dimensiones.
¿Qué reformas considera más urgentes?
En el plano productivo, el desarrollo del riego aparece como un ejemplo concreto de política estructural con impacto potencial significativo. Más allá del debate sobre sus costos y su financiamiento, existe evidencia consolidada –por ejemplo, desde la Facultad de Agronomía– que muestra mejoras sustanciales tanto en productividad como en la reducción de la variabilidad de los rendimientos en cultivos como maíz y soja. Esto no solo eleva el crecimiento potencial, sino que reduce el riesgo productivo, un aspecto clave en un contexto de mayor incertidumbre climática.
Otro eje central es la preparación de la población –que cada vez será menos– para un mundo productivo en transformación. Más allá de la inteligencia artificial, que ya es un fenómeno instalado, hay un proceso más silencioso pero persistente: muchas industrias están cambiando sus modelos de negocio. La digitalización redefine las formas de producir, vender, intermediar y prestar servicios, y con ello cambian también las habilidades laborales requeridas.
Este fenómeno ya se observa en sectores como el retail, la alimentación y algunos servicios. En ese contexto, el desafío no pasa únicamente por enseñar técnicas específicas, sino por formar personas capaces de resolver problemas, adaptarse a contextos cambiantes y, a partir de allí, que la persona pueda aplicar distintas herramientas según el caso. La capacitación de los uruguayos a nivel de formación técnica y reconversión laboral es, en ese sentido, una pieza clave tanto para el crecimiento como para mantener el contrato social que ha definido al mejor Uruguay.
¿Qué escenario económico imagina para 2026?
El escenario para 2026 luce muy similar al de 2025. Proyectamos un crecimiento en torno al 1,5%, con una inflación que se mantendría cercana a la meta, en el entorno del 4,8%. No se visualizan, por el momento, catalizadores claros que permitan anticipar sorpresas positivas, pero tampoco factores que apunten a un deterioro significativo del escenario base. Como es habitual en Uruguay, el desempeño final dependerá en buena medida de variables como los rendimientos agrícolas y la temporada turística, que pueden aportar algunas décimas adicionales de crecimiento, especialmente con impacto en el interior del país, aunque hoy resulta difícil anticiparlo con precisión.
Pensando en el mediano plazo, ¿cómo evalúa la influencia del contexto internacional y regional sobre el desempeño de la economía uruguaya?
En el contexto actual, el entorno internacional y regional no juega a favor, aunque cabe esperar que tampoco se deteriore significativamente. El mundo ha atravesado un período de elevada turbulencia, con tensiones comerciales, conflictos bélicos y cuestionamientos a la institucionalidad global, todos factores que mantienen un nivel elevado de incertidumbre.
Si bien algunos riesgos, como una escalada mayor en la llamada “guerra de tarifas”, parecen haberse acotado por el momento, el escenario sigue siendo desafiante y obliga a Uruguay a moverse con prudencia, reforzando sus fortalezas internas para mitigar un entorno externo menos favorable.
Uruguay cuenta con activos importantes en términos de estabilidad macroeconómica y capital humano. El desafío central es transformar esas fortalezas en un mayor dinamismo económico, elevando la productividad y reduciendo las vulnerabilidades sociales. Ese es, probablemente, el debate económico más relevante de los próximos años.




















































