La Mañana se entrevistó con el prolífico dramaturgo Dino Armas, de vasta trayectoria dentro y fuera de fronteras, siempre cercano al sentir popular.
A poco de volver a Montevideo de un viaje a Roma, el jueves 11 de diciembre, recibiste un homenaje en El Cerro. ¿Te imaginaste en algún momento, siendo estudiante, que llegarías a ser un dramaturgo de nivel internacional y uno de lo más prolíficos autores uruguayos?
No. Nunca lo soñé. Ni en mis mejores sueños. Tener una carrera internacional como dramaturgo, un homenaje en vida en mi barrio natal, una escultura hecha por Ramón Cuadra Cantera. A lo sumo pensaba que después de muerto le pondrían mi nombre a alguna calle o plaza del Cerro. Lo que te puedo decir es que todo este presente se fue dando sin que yo lo buscara. Fui ganando concursos teatrales, escribiendo primero teatro para niños, adaptando textos de otros autores, estrenando obras en el exterior y, lo más importante para mí, en el interior de nuestro país y donde allí y en Montevideo los actores armaban cooperativas para hacer mis obras. Mi carrera como dramaturgo se apoya en lo que te señalé antes y no en el repertorio de las grandes instituciones de nuestro medio que han hecho mis obras en contadas ocasiones. Eso hizo que mi carrera como autor sea distinta a las de otros dramaturgos. Ni mejor ni peor. Distinta.
En el 2022, Fernán Cisnero de El País titulaba “Tiene 80 años y no para: escribió 60 obras de teatro, lo estudian en el liceo y está de estreno”. ¿Cómo estás hoy? Actualicemos esos números a hoy, pero en especial queremos tu fórmula secreta. ¿Cómo te mantienes tan estupendo y activo? ¿La dieta, la vida que llevas, haces ejercicio?
Yo creo que la dieta, la fórmula es el seguir escribiendo. En mi familia hay locos y suicidas. Yo siempre sostengo que la escritura me salvó tanto de la locura como del suicidio. Además, tener una vida estable ayuda. Y los afectos. Mis perros, los que me han acompañado a lo largo de mi vida: Roma, Gilda –la que se acostaba a mis pies cuando yo escribía– y, ahora, Mora la que con sus cuatro años me obliga diariamente a sacarla a caminar, a jugar con ella, a estar atento a sus pedidos.
Respecto a la escritura te puedo decir que antes, cuando tenía tres trabajos, escribía más que ahora que estoy jubilado y tengo todo el tiempo del mundo. Con decirte que en aquella época llegué a escribir hasta en los ómnibus.
El Cerro fue tu barrio y lo has vivido y visto cambiar. ¿Cómo recuerdas tus idas y venidas, tu diario vivir? ¿Te sientes aún que perteneces al Cerro?
El Cerro de mi infancia fue un barrio de puertas abiertas. Con frigoríficos que daban trabajo a hombres y mujeres. Con iglesias de distintas religiones. Con vecinos de toda la vida. Con personajes pintorescos como la Negra María, vestida con corbatas y arrastrando tras ella la fila de sus hijos. La Taroca, que entraba a los boliches y orinaba en medio de los parroquianos. Con el manicero, que había sido un importante ladrón de bancos. Un barrio donde podían convivir batllistas y blancos, anarquistas, comunistas y trotskistas. Ateos y cristianos. Locos y cuerdos. Mis compañeros eran hijos de italianos, rusos, españoles, armenios. Un barrio con cinco cines y una biblioteca moderna, adelantada a su época como la de Federación Autónoma de la Carne. Un barrio que me formó afectiva, intelectual y políticamente. Siento que todavía pertenezco al Cerro. Ahí terminé mi carrera como docente siendo maestro, subdirector y director de la Escuela 271, Ana Frank. Sigo yendo a ver a mi hermana, que aún vive en la casa paterna y, en la actualidad, me desempeño como presidente de la Comisión de Amigos del Florencio Sánchez.
En tan larga trayectoria has trabajado con muchos/as directores/as y también con muchos actores y actrices ¿Cómo elegías a quién llamar o convocar para un trabajo? ¿Dentro de un reducido núcleo de artistas cercanos? ¿Por sus trabajos anteriores? ¿Porque priorizabas la confianza y el don de gente, su capacidad de amoldarse, su espíritu cooperativo, su entrega total a la función? ¿Porque confiabas en tu capacidad de sacarle lo mejor como artista ya que ese papel “le calzaba” a las mil maravillas?
En cuanto a los directores de mis obras acepto todos los pedidos. Parto de la premisa de que si me pide una obra es porque le ha gustado, porque la va a hacer bien. Cuando yo soy el director de mis obras priorizo no el talento de los actores, sino la buena gente, el gusto de compartir ese trabajo que por unos meses nos convierte –a unos y otros– en una familia teatral. Si el talento viene junto con el don de gente, ¡bienvenido sea!
¿Como autor eras el rey de las didascalias (acotaciones)? Prácticamente eras el pre-director. ¿Eso no generaba cierta incomodidad a quien ejerciera como director o todo lo contrario? ¿Te gusta que dirijan tus obras? ¿O prefieres hacerlo tú mismo? ¿O tal vez prefieras dirigir obras de otros?
Te puedo asegurar que era “el rey de las didascalias”. Con el tiempo aprendí que eso era hacer una pre-dirección. Era “mi” dirección. Pasa que cuando escribo “veo” a los personajes. Los veo caminar, sentarse, hacer este u otro gesto, emocionarse. Y aprendí que el director puede y debe tener otra mirada sobre la obra. No la subjetiva que tengo yo. Uno se “enamora” de sus obras y no ve sus defectos hasta que pasado el tiempo puede ver su texto con distancia. Yo sostengo que un buen director puede mejorar cualquier mal texto, pero un mal director puede arruinar la mejor obra. A mí no me gusta ir a los ensayos. Me gusta ir al estreno y sorprenderme. Aunque se diga el texto tal cual está escrito siempre va a aparecer algo nuevo. Algo distinto. Porque tanto el director como los actores y los técnicos trabajan con sus sentimientos, con sus historias de vida, con sus miedos y alegrías. Eso convierte a cada obra en algo único, distinto, irrepetible. Volviendo a las didascalias, ya casi no aparecen en mis obras. Sí en los borradores previos porque necesito “ver” a los personajes. Pero en la copia final borro, tacho casi todas las didascalias para que el director tenga toda la libertad del mundo para leer mi obra.
Como dramaturgo y guionista, has trabajado o adaptado o te has inspirado en obras de otros, muchas veces inclusive de clásicos. ¿Las vas corrigiendo a medida que avanzan los ensayos? ¿Y después de probarla con el público? Te hemos visto garrapatear apuntes en los ensayos. ¿Tomas de los actores y actrices elementos para trabajar? ¿Lluvia de ideas a priori? ¿Te inspiras en personajes de la vida real? ¿En las noticias?
No corrijo lo ya escrito. Pienso que los textos se corrigen solos cuando un nuevo director, un nuevo elenco eligen hacerlos nuevamente. Es un proceso lógico, necesario. Los hombres envejecen y los textos también. En la forma, en la escritura. Pensemos en los clásicos griegos. Necesariamente hay que actualizarlos. Acercarlos al mundo de hoy, al momento de hoy, pero mantener la esencia, el discurso de ayer, para no usar la palabra “mensaje”. Cambió el teatro porque el mundo también cambió. El público, sus gustos, su tiempo cambiaron.
Yo te diría que todo me inspira. Sin miedo a ser cursi te diría que la vida me inspira. Siempre hay algo autobiográfico en mis obras. Cosas que pasan inadvertidas para el público, pero hacen que mis textos suenen o se sientan verdaderos. A veces un personaje tiene el nombre de un amigo o de un familiar, o alguna característica de él. He llegado a poner en una obra en el contestador de un teléfono el número de mi fijo. Y en otra obra el protagonista tiene el asma de mi infancia.
Tienes fama de tener una “pluma ágil” y te hemos visto sacar una obra en tiempos mínimos. ¿Reconoces esa cualidad? ¿A qué se la adjudicas, además del talento natural, claro? ¿Eres el tipo de autor ideal para series? ¿Te gustan las series? ¿Qué ves? ¿Vas al teatro?
“La pluma ágil”, como decís la adjudico, primero, a mi gran timidez. Nunca en la vida real soy el protagonista, sino el actor de reparto. Soy el que escucha a los otros, el que ve a los otros. Esas dos cosas me llevaron a tener esa “pluma ágil”. Ese oído para reproducir el habla de los personajes. También fueron fundamentales dos cosas: el leer, leer y leer a Tennessee Williams, a Ibsen, a Pirandello, a Florencio Sánchez, a Ernesto Herrera, a Discépolo y el cine. Ver todo tipo de películas. Desde los melodramas argentinos y mexicanos hasta Ingmar Bergman y Alfred Hitchcock, mi director favorito. Soy capaz de ver y volver a ver Vértigo sin cansarme nunca.
¿Ha cambiado el teatro? ¿Usas la IA? ¿Se ensaya mucho para estar poco en cartel? ¿Cómo te trata hoy la crítica? ¿Cambió el público? ¿Hay más propuestas y menos salas? ¿Se puede vivir del teatro?
No se puede vivir del teatro. Unos pocos, sí. Yo, no. Lo que sí pude es viajar por el teatro. Mis obras me llevaron a conocer Chicago, Madrid, Roma, Santa Cruz de la Sierra, Buenos Aires y otras ciudades. Hay que ser muy fuerte y creer en uno mismo para soportar la mirada del otro sobre lo que uno escribe. Llámese crítico o espectador que no aplaude o se levanta en medio de la función.
Desde el vamos yo no cambié mi forma de escribir. Ni aun ante una mala crítica. Yo seguí escribiendo igual, lo que cambió fue la mirada de la crítica. He visto vocaciones truncadas, actores, directores, escritores, que dejaron de serlo frente a una mala crítica.
Has sido homenajeado, premiado y sobre todo aplaudido por muchos durante mucho tiempo. ¿Cuáles han sido los mayores desafíos que has debido enfrentar? ¿Has tenido problemas por tus “audaces propuestas”? ¿La última es El Clú de la Ivonne? ¿Y tus mayores logros?
Siempre escribí lo que quise, como quise y como lo sentí. Sin atarme a modas o a gustos pasajeros. Sin amiguismos. Solo siendo coherente conmigo mismo. Sin etiquetas. De ahí la cantidad de expresiones para encasillarme en algo. “El autor popular”, “el autor menor”, “el neo Sánchez”, “El Almodóvar uruguayo”. Cuando solo simplemente sigo siendo Dino Armas.
Mi dramaturgia la analiza objetivamente, tanto en sus ensayos publicados como en sus clases, la profesora de Literatura Lourdes Martínez Puig. Te aconsejo su lectura.
¿Qué te falta hacer que aún no hayas hecho? ¿Qué consejo le darías a un/una joven dramaturgo/a?
En escritura teatral he transitado todos los géneros. Drama, comedia, sainete, grotesco, teatro infantil, guiones para televisión y para cantantes de tango, comedia musical, monólogo, obras biográficas sobre personajes históricos uruguayos y extranjeros.
Consejos para un dramaturgo/a, no. Escribir no es repetir una receta de cocina. Tantos gramos de risas, tantos de drama. Yo no voy a escribir como García Lorca o como Arthur Miller y los dramaturgos que quieren comenzar a escribir, tampoco. Se escribe con lo que uno es, con lo que vivió, con sus dolores, miserias y alegrías. Así lo escrito se convierte en algo vivo, único, personal e irrepetible.
Trayectoria
Dino Armas Nació en la Villa del Cerro el 20 de noviembre de 1941. Hijo de Matías Canario Armas –lanchero del puerto, socialista y ateo– y de Nicanda Gallega Lago, –ama de casa, creyente y lectora de novelas de Corín Tellado–. Hermano de Hilda, directora de la Escuela Nacional de Ciegos. Primer nieto varón de doña Mercedes, famosa curandera de ese barrio montevideano. Barrio con características únicas conformado por obreros e inmigrantes rusos, gallegos, italianos, armenios y lituanos entre otros. También denominado “Paralelo 48” porque cuando había huelgas o paros se cerraba el puente del Pantanoso y no se podía entrar o salir de la Villa. Ahí, los cerrenses tenían “frigoríficos para trabajar, iglesias para casarse y un cementerio para morir”.
En ese mismo barrio, Armas terminó su carrera de maestro, siendo director de la Escuela 271 Ana Frank. Como en un círculo perfecto, el barrio que lo vio nacer, también lo vio terminar allí su labor docente.
De igual manera, su vocación por el teatro despertó ahí, cuando siendo un adolescente, fue apuntador, escenógrafo y actor en el grupo filodramático que dirigían Francisco Gulli y Francisco Noble en el Club Rampla Juniors.
Entre los títulos que este dúo de veteranos saineteros –alumnos de los Podestá– hacían, estaban El conventillo de la Paloma y El corralón de mis penas, de Vacarezza y Los mirasoles, de Julio Sánchez Gardel, entre otros títulos.
Con el tiempo, Dino formó su propia compañía: el Grupo Teatral Cosmópolis, teniendo en su repertorio sainetes y ya apuntando al autor nacional con obras de Florencio Sánchez, Ruben Deugenio y propias. Y haciendo textos foráneos como Luz de gas, de Patrick Hamilton. El Grupo Teatral Cosmópolis tenía sus socios y funcionaba alternativamente en la Iglesia Nuestra Señora de Fátima y en la Federación Autónoma de la Carne. Esta última fue fundamental para su formación personal y artística por la biblioteca que funcionaba allí. Biblioteca adelantada a su época, donde pudo leer a Sartre y Simone de Beauvoir, a Camus y Huxley, alternar a Lorca con Anouilh y a Miller con Tennessee Williams sin dejar de lado las novelas de Rice Burroughs y Salgari.
El cine también contribuyó a su formación en las sesiones continuadas que a diario daban los cines Edén, Apolo, Cosmópolis y Cerrense.
“Las luces del centro” lo llaman cuando se presenta con una obra en un concurso organizado por el Tinglado en 1965. Y este joven del Cerro con aquella experiencia teatral y el bagaje cultural aportado por la biblioteca de la Federación y la formación que le dio el Liceo 11, con su obra En otro y último verano obtuvo una nominación a primer premio. Curioso destino el de esta obra que, años más tarde, bajo el título de ¿Conoce usted al doctor Freud? fue finalista del VII Concurso Tirso de Molina (Madrid) y se estrenó en Montevideo después de ganar en el concurso organizado por la Sociedad Uruguaya de Actores con el título de Los soles amargos en el año 1981.
En 1968, junto a Carlos Aguilera y otros jóvenes entusiastas funda el Grupo 68, donde desarrolló funciones de director, actor y autor transitando textos propios y ajenos, tales como Viva Florencio, Los fusiles de la Madre Carrar, de Brecht, La novia de Gardel, de Juan Carlos Patrón, Happening y La enredadera, ambas de Carlos Manuel Varela, y Crónicas de bien nacidos, de Víctor Manuel Leites.
Grupo 68 fue un grupo militante que estuvo presente apoyando a los cañeros y al diario El Popular con recitales y espectáculos que se hacían en locales partidarios o en la calle. Recitales y espectáculos que fueron documentados con sendas fotografías por el gobierno y que le valieran a Armas ser calificado por un ciudadano clase C con aquellas Fe Democráticas del gobierno de la época.
Entre los años 1966 a 1995 escribió Teatro para niños alternándolo con textos para adultos. Se puede mencionar de ese período adaptaciones y obras propias tales como La hormiguita viajera, El Principito y la Rosa, Carlitos del mar y La murguita de la amistad. Este acercamiento al teatro para niños tiene que ver con su carrera docente, la que comenzó siendo estudiante yendo a trabajar a distintas escuelas rurales de Canelones.
En estos cincuenta años de trayectoria, Dino Armas ha estado siempre presente en las carteleras teatrales, así como en el exterior con más de sesenta obras en cartel. El estreno de Pagar el pato en el Actors Studio de Buenos Aires proyectó su carrera internacionalmente. Entre las ciudades donde ha sido estrenado se encuentran Chicago, Washington, Miami, Nueva York, Porto Alegre, San Pablo, Asunción del Paraguay, Santa Cruz de la Sierra, Córdoba, Mar del Plata, Tandil, Chivilcoy, Bragado, Ferrara, Bolonia y Madrid.
En España, tres de sus obras –Rifar el corazón, ¿Y si te canto canciones de amor? y Dos en la carretera– han recorrido en gira ese país. Y es también en España, concretamente en Madrid, donde en noviembre de 2014 la Asociación de Directores de Escena de España junto con el Centro Uruguayo de Madrid lo invitan como dramaturgo uruguayo para realizar una lectura semimontada y posterior publicación de Pagar el pato, obra dirigida por Lucila Maquieira. Esta misma lectura fue repetida por otro grupo de teatro en Valencia en el mismo mes de noviembre contando con el apoyo de Amnistía Internacional Valencia que llevó y lleva a Pagar el pato a liceos de esa ciudad.





















































