Volvemos hoy tratar sobre virtudes humanas, y en particular, sobre la virtud de la veracidad.
Ya vimos en capítulos anteriores que practicar las virtudes humanas exige esfuerzo; aunque ello se facilita por la reiteración del acto virtuoso. Si de niños aprendimos a “patear la sábana” cuando suena el despertador, de viejos también nos costará… pero bastante menos si hemos entrenado toda la vida. Si hemos entrenado mucho, quizá nos cueste más quedarnos en la cama que levantarnos…
Esto también le ocurre a quien durante toda su vida ha procurado decir la verdad. Ante una situación compleja, que lo puede perjudicar, le cuesta más mentir que ser sincero.
Hoy, la veracidad no es, por cierto, una virtud que esté de moda. Lo más corriente es “dorar la píldora” o bien –por corrección política, por cobardía o con la excusa de no herir– hablar solo de aquello en lo que coincidimos. A pesar de todo, decir la verdad fue, es y será siempre una virtud necesaria.
Algunos se escudan en aquello que decía el Dr. House, el médico de la famosa serie homónima: “Todos mienten”. Pero esto lo decía el Dr. House de sus pacientes, cuando los interrogaba para hacer un diagnóstico. Y acertaba al dudar que la información que le daban fuera veraz. Pero no dudaba ni de los hechos ni de las afirmaciones de sus colegas cuando eran certeras. Por eso descubría la verdad y curaba a sus pacientes.
Gracias a Dios, existen en la realidad muchas personas que aún creen en la verdad y están dispuestas a sacrificar su honra, su fama y aun su vida por ella. He tenido el privilegio de conocer a hombres y mujeres que no están dispuestos a renegar de la verdad, aunque tengan que sufrir y padecer mucho por ella. Normalmente son personas que cuando se equivocan, procuran rectificar. Por ejemplo, confesándose.
De hecho, la confesión frecuente ayuda a practicar la virtud de la veracidad: quien es capaz de contar sus pecados suele ser capaz de decir y defender la verdad en todos los ámbitos de la vida. Pues solo quien es consciente de haber sido perdonado muchas veces por Dios estará bien dispuesto a perdonar a sus hermanos, sea cual sea la ofensa que le hayan hecho.
Por el contrario, quien acostumbra a mentir se mentirá a sí mismo, difícilmente aceptará la realidad, no reconocerá sus errores, no pedirá perdón y no rectificará cuando yerre.
La veracidad, además, está íntimamente asociada a la virtud de la justicia. Ser veraz equivale a ser justo. Ya vimos que justicia es dar a cada uno lo suyo y que esto solo es posible si uno se funda en la verdad. Ahora bien, el amor –que es capaz de ir mucho más allá de los límites de la justicia– también se funda en la verdad. ¿En qué verdad? En la verdad del amor de Dios por sus creaturas y, en particular, por sus hijos. Si comprendemos que todo lo que tenemos es regalo de Dios, los hijos de Dios no nos contentaremos con la justicia. Procuraremos dar más de lo que en justicia corresponde.
Quizá esto se comprenda mejor poniendo el ejemplo opuesto. Si me llaman como testigo de un homicidio en un juicio donde el acusado es inocente y, por alguna razón, miento, además de mentir, soy injusto. Y además de mentir y ser injusto, puedo arruinarle la vida a una persona, puedo provocarle un daño irreparable a su reputación. Y si en ese ordenamiento jurídico existiera la pena de muerte, hasta podría estar condenando a muerte a un inocente.
Si, por el contrario, digo la verdad y soy justo, mi testimonio permitirá que el acusado pueda disponer de su vida con total libertad. Del mismo modo, si en lugar de callarme –para no herir sus sentimientos– le digo a un amigo que va por el camino equivocado que debería cambiar de vida y transitar por el camino correcto, le estaré diciendo la verdad. Seré justo en la medida que le diga lo que corresponde a su situación, y con un poco de suerte le ayudaré a vivir feliz en la tierra y a alcanzar la vida eterna. Si callo o si a pesar de que yo lo creo le digo que el infierno no existe para que no se torture, lo mío no será caridad: será complicidad con el error.
Por último, la veracidad en tanto virtud exige combatir el error tanto por defecto como por exceso. Exagerar las cifras de los abusos perpetrados en las Indias, como hizo fray Bartolomé de las Casas, para que los reyes lo escucharan, también es mentir.
Procuremos, por tanto, ser humildes y andar siempre en la verdad. Porque solo la verdad nos hará libres.





















































