Ha hecho carne en mucha gente la falsedad que Cabildo Abierto se encuentra alineado con el Frente Amplio y que no se pliega a la oposición al gobierno de dicho partido. La realidad, sin embargo, es que los partidos de la Coalición y el Frente Amplio solo mantienen una oposición formal, que no se apoya en razones de fondo en casi ningún aspecto. El observador desprevenido puede creer que denunciar la omisión de pago de tributos por una ministra o un senador, la inhabilitación de un jerarca de la salud por ser dependiente de empresas a las que debe controlar, la conducta o inconducta sexual de un senador o la incompatibilidad de un colono para ser director de un instituto del que es beneficiario, así como alguna otra cosa parecida, como votar gastos y no aprobar recursos para financiarlos, son indicios de una conducta de frontal y férrea oposición al gobierno. ¡Menudo error! Solo se trata de pretextos para disputarse el poder, puesto que no hay significativa diferencia ideológica entre los contendientes, que se disputan el manejo de la cosa pública sin diferencias sustanciales en materia de fundamentos políticos. Es solo una disputa por aspectos formales, porque no existe una diferencia sustancial de carácter ideológico.
Digamos que en primer término el Frente Amplio abomina de los principios sobre los que se construyó la sociedad occidental y cristiana. El cristianismo y, en particular el catolicismo, son visceralmente rechazados por los dirigentes frentistas, de manera que me animaría a decir unánime. Algo similar ocurre en el Partido Colorado, copado por el batllismo, al que hace más de cien años lo perfuma, como al Frente Amplio, el olor a azufre y le irrita cualquier manifestación religiosa, particularmente si es pública, salvo que se trate de una religiosidad anticristiana. Respecto al Partido Nacional debemos decir que hay algunas honrosas excepciones a la alergia a lo cristiano, pero ello no es sino excepcional y casi anémico.
En realidad, todo nuestro sistema de partidos de la Coalición y el Frente Amplio se han plegado a lo que se ha dado en llamar mundialismo, que ha establecido una agenda internacional de la que es ejemplificante la Agenda 2030 de la ONU. Ante esta agenda se han postrado sin excepción nuestros presidentes de la llamada derecha e izquierda, lo que demuestra la falsedad de esa aparente oposición en la que se pretende encuadrar a los ciudadanos. Dicha agenda fue confeccionada por burócratas internacionales a quienes nadie votó y la agenda se confeccionó plasmando ideales que los pueblos del orbe jamás aprobaron, en una clara demostración que la soberanía de los hombres proclamada por la Escuela de Salamanca a instancias de los frailes Francisco de Vitoria y Francisco Suárez, que inspiró el concepto de la soberanía particular de los pueblos de José Artigas, ha sido olímpicamente ignorada. En definitiva, nuestros dos últimos presidentes, supuestamente políticamente enfrentados, adhieren a la misma agenda internacional impuesta de manera inconsulta a nuestro pueblo.
No puede extrañar entonces que, con votos de los partidos supuestamente enfrentados, se hayan votado e impulsado políticas contrarias al respeto a la vida humana, como el aborto y la eutanasia. Estas políticas se fundan ya en un neomaltusianismo que ve con preocupación el aumento de la población mundial, fenómeno que no se refleja en nuestro país donde la población tiende a decrecer de manera preocupante, o bien en un disimulado racismo, en función del cual se esterilizaron a las mujeres inuit de Groenlandia, a mujeres africanas, etcétera.
Digamos que las coincidencias son muchas más, al extremo que tanto el anterior gobierno como este y los de los últimos treinta años han gobernado con la misma receta, o sea excesivo gasto público que financia un Estado ineficiente que no consagra la seguridad pública, proporciona una mala enseñanza, deficiente salud pública, etcétera, y se financia con miles de millones de dinero prestado a altas tasas de interés que componen una deuda externa creciente, cuyo peso recaerá sobre las futuras generaciones.
Derecha como izquierda, supuestamente opuestas, o sea los partidos tradicionales y el Frente Amplio, gobiernan con atraso cambiario que crea la falsa ilusión de poder adquirir bienes importados a bajo precio, pero que simultáneamente destruye la producción nacional, a la que hace poco rentable, cuando se perciben dólares que en el mercado interno pierden valor.
Las fuerzas políticas mayoritarias, aparentemente opuestas, celebran acuerdos de supuesto libre comercio que en realidad consagran que seremos eternos proveedores de materias primas, ya que se reserva el desarrollo científico e industrial a los países desarrollados. Por cierto, a cualquier atisbo de desarrollo de conocimiento que nos permita acceder al primer mundo se le desalienta porque el “libre comercio” reserva el conocimiento adquirido y las patentes para los países centrales. En realidad, nuestros dirigentes supuestamente enfrentados, coinciden en dejarnos mansamente maniatados, para congelarnos al eterno subdesarrollo. Así durante el gobierno de izquierda de Mujica se produjo la mayor concentración de la propiedad de la tierra en manos de multinacionales forestales y fondos de inversión extranjeros. Pero durante el gobierno de Lacalle se vetó la ley que impedía que dichas empresas avanzaran sobre las tierras más fértiles del país.
Durante los dos últimos gobiernos, de signo supuestamente distinto, se protegió el cobro de tasas de interés exageradas, que expoliaron a los más humildes, sin que blancos, colorados y frentistas tuvieran siquiera un atisbo de misericordia de los sufridos deudores. Ello sucedió al extremo de sumar votos para evitar que se aprobara un proyecto de ley de Cabildo Abierto, que pretendía resolver el tema. Ni hablemos de la marihuana recreativa y el problema del consumo de drogas, porque tanto los partidos tradicionales como el Frente Amplio han practicado la misma política de lenidad, cuyo resultado es miles de jóvenes con su vida arruinada deambulando por las calles del país.
Ni hablemos de la persecución a todo lo que huela a militar que cumplió con órdenes de un gobierno democrático de combatir a quienes por la violencia pretendían derrocar las instituciones y al gobierno libremente electo. No importa si han sido sometido a procedimientos judiciales carentes de imparcialidad denunciados por diferentes personalidades, como un operativo de venganza hábilmente llevado a cabo. Ni el anterior gobierno ni el actual se interesaron en restaurar la justicia y terminar con el negocio paralelo a que ello ha dado lugar.
Si la gente estuviera mejor informada y no sometida a una desinformación arrolladora, advertiría que entre los partidos tradicionales, en su versión contemporánea, y el Frente Amplio no hay una diferencia sustancial y que como señala el refranero popular, las apariencias engañan.




















































