Lejos de la postal turística, La Calor, el nuevo libro de relatos, Rodrigo Costas Ferreira sumerge al lector en un collage de voces y situaciones que revelan lo que el sol esconde: frustraciones, deseos incumplidos y la lucha por mantener las apariencias. Una obra que combina humor ácido y emociones a flor de piel.
En La Calor, el escritor uruguayo Rodrigo Costas Ferreira construye un mosaico narrativo tan vibrante y sofocante como la estación que le da título. A través de una serie de relatos breves e interconectados, Costas retrata el verano no como un telón de fondo idílico, sino como un catalizador de tensiones, nostalgias y revelaciones íntimas. Con una prosa ágil, cargada de ironía y una mirada compasiva, el autor desnuda las dinámicas familiares, las frustraciones cotidianas y los pequeños dramas que estallan bajo el sol implacable.
El libro —estructurado como un crisol de espacios— nos lleva de la costa atestada de Punta del Este al silencio opresivo de una casa vacía, del bullicio de un balneario masivo a la intimidad de un apartamento en Montevideo. Cada historia, aunque autónoma, se entrelaza con las demás a través de hilos temáticos: la incomunicación, la lucha por mantener las apariencias, el peso de la memoria y la búsqueda, a menudo fallida, de la felicidad.
En el prólogo escrito por Isabel de la Fuente se adelanta el espíritu del libro: “Historias que nos invitan a conocernos un poco más y también a reírnos de nuestras desventuras”. Y es precisamente esa mezcla de humor ácido y ternura lo que define la voz narrativa de Costas. En “El Asedio”, por ejemplo, una familia se esconde en su propia casa para evitar la visita inoportuna de un primo aprovechado, en una secuencia tragicómica que refleja la ansiedad social y el miedo al conflicto. En “Nuestra Miseria”, la historia de una casa que cambia de nombre según los rencores familiares se convierte en una sátira despiadada sobre la herencia y el desamor.
El calor no es solo meteorológico; es psicológico, social, emocional. A través de personajes como Soledad, la locutora agobiada por su madre tóxica; o Rodolfo, el hombre que encuentra la felicidad tras un robo, Costas explora cómo la presión externa —el turismo masivo, las expectativas familiares, la lucha económica— puede deformar las relaciones y sacar a la luz lo peor (y a veces, lo mejor) de las personas.
El estilo es directo, coloquial, lleno de diálogos creíbles y descripciones que huelen a protector solar, a parrilla y a mar. Costas demuestra un oído excepcional para captar el habla cotidiana y una capacidad para capturar gestos mínimos que delatan estados de ánimo. No hay moralinas aquí, sino observación aguda, a veces cruel, siempre humana.
La Calor puede leerse como una crónica social del Uruguay contemporáneo, pero su alcance es universal: habla de cómo el tiempo libre —ese supuesto paraíso— puede convertirse en un infierno doméstico, y de cómo, en el intento por escapar de lo cotidiano, a menudo terminamos enfrentándonos a nosotros mismos.
Recomendado para quienes disfrutan de la narrativa fragmentada, el realismo cotidiano con toques de humor negro, y para todo aquel que haya sentido, alguna vez, que el verano no era exactamente como lo pintaban en los folletos turísticos.
Rodrigo Costas Ferreira nació en Montevideo en agosto de 1982 y se crió en el barrio de Velsen, un entorno urbano que definiría su identidad como “malvinense de apartamento” y su temprana preferencia por la tribuna Olímpica. Hijo único hasta la llegada de un hermano menor —a quien describe como una versión mejorada de sí mismo—, su infancia estuvo marcada por la cercanía de sus abuelos, tías y tíos, quienes le transmitieron un mosaico de historias familiares que abarcaban desde el Prado montevideano hasta Galicia, Cuba y la Ciudad Vieja. Su vínculo con el paisaje urbano se refleja en el recuerdo de la Isla de las Gaviotas, vista desde su ventana antes de que los edificios la ocultaran. Desde pequeño, su impulso creativo lo llevó del dibujo a la escritura, un camino que consolidó en el Taller El Erizo de Isabel de la Fuente, donde descubrió tanto sus limitaciones como su vocación, llegando a leer sus textos en espacios como el Café Brasilero y el Lautréamont. Sus experiencias en Ecuador y Guatemala le permitieron recorrer el trópico, confrontando su belleza y sus contradicciones. Actualmente vive en Salto.
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