El pasado 28 de noviembre se presentó por parte de los integrantes de la Comisión Gardel Rioplatense –formada por investigadores e historiadores de Uruguay, Argentina, Colombia, España y Francia empeñados en desentrañar la verdad histórica y legal sobre la identidad de nuestro Zorzal Criollo–, finalmente, el libro del Registro Civil del Uruguay del que resulta la nacionalidad uruguaya de Carlos Gardel. Un grueso volumen que confirma de forma irrefutable su identidad oriental, como la de tantos otros inscriptos en el mismo bibliorato en busca de regularizar su situación.
La pieza de referencia, el libro decretero, aunque fue certificada ante escribano público, se mantiene en reserva en cuanto a su lugar por razones de seguridad –el diablo nunca duerme–. Sin duda resultará clave para que los organismos internacionales avalen de manera segura y unívoca la identidad legal de Gardel, uruguayo por nacionalidad y argentino por adopción, es decir, auténtico rioplatense.
Tal noticia nos llevó a entrevistar, esta vez de forma telefónica, al investigador Marcelo O. Martínez, uno de los más serios exponentes sobre el tema. Martínez, argentino de nacimiento y residente en Madrid y cuya opinión tiene valor extra por haber sido partidario de la teoría francesista en sus comienzos pero que luego de estudiar el tema con detenimiento se convirtió en defensor de la teoría del Gardel nacido en Tacuarembó, es referente ineludible sobre el tema. Y su conversión no fue en un acto anímico, sino que sucedió tras el estudio de la documentación y, sobre todo, de la época y el entorno en que vivió Gardel en su juventud.
Marcelo, consultado al respecto, envió el siguiente texto con sus observaciones sobre el hallazgo del documento y su valor probatorio.
Silencio en la noche
Para comprender este hallazgo –que parece emerger desde el fondo del tiempo– es necesario retroceder más de ciento cinco años, hasta el punto en que la historia comenzó a urdir su propio enigma. Y regresar al Buenos Aires de 1920.
Buenos Aires, 10 de mayo de 1920. Mientras la ciudad cerraba sus ventanas al fresco otoño, el diario La Razón anunciaba el cierre de las presentaciones en el Teatro Empire del más popular dúo en Argentina: “Anoche dio su última audición –informaba el diario– la pareja de cantores criollos Gardel-Razzano, que durante un mes actuó allí, con la aceptación de siempre. (…) Permanecerán en relache durante 20 días, debido a una operación que se le practicará en la garganta al señor Razzano”.
Las pobres cuerdas vocales de José Razzano decían ¡basta! La intervención quirúrgica tuvo lugar a mediados de julio, en el Consultorio Hospital y Clínica de Flores, en ese mismo barrio donde, cuatro años después, Razzano compraría una casa para afincarse con su esposa y sus pequeñas hijas. La cirugía le devolvería al escenario y al estudio de grabaciones por un breve lapso. El colapso era inevitable.
Durante la convalecencia permaneció internado y obligado al silencio. Gardel, compañero leal, lo visitaba cada día. Salían a la calle a caminar juntos, sin hablar, compartiendo esa serenidad que solo conceden la amistad y la rutina. A menudo pasaban también en visitar a su querido amigo Pablo Podestá –el menor del célebre clan uruguayo impulsor del Teatro Criollo–, que por entonces se hallaba cerca del hospital, internado en un manicomio, sumido en un estado de locura tan oscuro como inexplicable e irreversible.
Morocho indocumentado
Fue en ese intervalo de escenarios mudos cuando Gardel decidió poner orden en sus propios papeles. Hasta entonces era un “indocumentado”. El 8 de octubre se presentó en el Consulado de la República Oriental del Uruguay, en la calle Moreno 411. Amparado por la Ley de Organización Consular de 1906 y por el Reglamento Consular de 1917, inició allí su matrícula de ciudadanía.
Bajo el expediente 020.393, folio 907, el cónsul certificó –con el número 10.052– que don Carlos Gardel quedaba inscripto en el Registro de Nacionalidad y Ciudadanía: nacido en Tacuarembó el 11 de diciembre de 1887, soltero, de 32 años, artista y residente en esa jurisdicción.
Se abría uno de esos umbrales discretos donde la historia se empecina contra el olvido.
Testigos de categoría
El número de orden consignado era el 38.950, y el arancel, el 36. En las señas personales se lo describía con la frialdad de un retrato administrativo: estatura mediana, piel blanca, pelo castaño oscuro, barba afeitada, nariz recta, ojos pardos. Ninguna marca particular interrumpía aquella enumeración. Un ciudadano más, fugaz e indistinguible en el archivo del Consulado.
Declaró ser hijo de Carlos y María, ambos uruguayos y ya fallecidos. Figuraba como hijo natural, por la ausencia de reconocimiento formal. Esa circunstancia lo liberaba de la obligación de identificar a sus progenitores; pero exigía para acreditar su identidad el testimonio de testigos.
Acudieron entonces dos compatriotas nacidos en Montevideo y afincados en Buenos Aires. Uno era José Razzano, su hermano de la vida y del arte, que aún guardaba reposo por la operación reciente. El otro, Juan Laguisquet Mogordoy (1867-1956), hombre cuya influencia se extendía más allá del Río de la Plata. Casado con Adela Facello y padre de seis hijos, Laguisquet era un comisario de investigaciones prestigioso en Montevideo, famoso desde que, entre 1906 y 1907, desarticuló una compleja red de falsificadores en Paysandú.
Pero la figura de Laguisquet no se agotaba en la crónica policial. Su nombre resonaba también en ámbitos más discretos y simbólicos. En la Logia Capitular Piedad y Unión de Córdoba ostentaba el título de primer vigilante con grado 3, bajo la guía del venerable maestro Enrique Calvete, de grado 18. Aquella cofradía, fundada en 1894, reunía a hombres que, cada uno a su manera, habían tejido parte del destino intelectual, político y científico de la región.
Entre ellos se contaban el naturalista Florentino Ameghino, el presidente José Figueroa Alcorta, el médico Eliseo Cantón, el ingeniero Carlos Adolfo Cassaffousth –el artífice del dique cordobés San Roque–, el geólogo Adolf Döring, el escritor y político Joaquín V. González, el astrónomo Benjamín Apthorp Gould, el presidente de la Corte Suprema José Miguel Guastavino; los gobernadores Marcos Nicanor Juárez Celman y Miguel Juárez Celman; el rector Javier Lazcano y Díaz Colodrero; el magistrado Manuel Lucio Lucero; el médico y gobernador Mateo José Luque; el presidente del Tribunal Superior de Justicia Félix María Olmedo; el gobernador Lisandro Olmos; el rector José Antonio Ortiz y Herrera; el intendente Luis Revol y hasta el vicepresidente Julio Argentino Roca (h). Una constelación de próceres que parecería excesiva si no se recordara que a comienzos del siglo XX la masonería era, en ambas orillas, un mapa paralelo del poder, un tejido de afinidades y causas compartidas. Que un hombre así prestara su palabra para respaldar la identidad de Gardel no deja de ser significativo.
Valor legal
Es necesario aclarar que Gardel cumplió sin desvíos todas las formalidades exigidas por la normativa vigente; y que el acta de inscripción obtenida posee valor de registro de nacionalidad, supletoria tanto de los asientos del Estado Civil como de una partida de nacimiento. Es, en términos estrictos, un documento fundacional.
Una vez asentada la inscripción definitiva, el cónsul Bernardo Milhas (1862) –a quien la bibliografía gardeliana suele nombrar erróneamente como Milas–expidió un certificado provisional de su nacionalidad uruguaya. En él constaban el nombre y el lugar de nacimiento asentados en el Registro, su edad –32 años–, estado civil, profesión y señas personales. Con ese papel en mano, válido por un año, Carlos podía solicitar su cédula de identidad argentina.
Compatriotas
La situación de Carlos Gardel no fue excepcional. En el mismo cuaderno constan las nacionalizaciones de alrededor de mil adultos –una por cada página o folio–, a través de solicitudes presentadas entre enero de 1915 y mediados de 1924. Por tanto, Gardel siguió el mismo procedimiento que muchos otros compatriotas. Tales inscripciones –breves pero decisivas– fijan, con firmeza de actos estatales, la nacionalidad oficial.
En el folio anterior –906– se había inscripto el 7 de octubre Asterio Lorenzo Fleita, nacido en Salto en 1899; soltero, empleado, hijo de Juan y Sabina Fleitas, uruguayos residentes en la Argentina. En el folio siguiente –908–, fechado el 17 de octubre, aparece Juan R. Sosa, nacido también en Salto en 1870, viudo, rentista, domiciliado en Tigre, hijo de Manuel Sosa y Josefina Duarte. Y luego, en el folio 909, el 19 de octubre, figura la inscripción de la señora Socorro Schultze, nacida en Tacuarembó en 1895, casada, empleada, hija de un alemán residente en Montevideo y de una uruguaya de Tacuarembó. Existencias que, como tantas, quedaron fijadas en hojas numeradas donde la biografía de un país se condensa en unas pocas líneas, entre fechas, apellidos y geografías.
La inscripción de Gardel –pequeña en apariencia, decisiva en esencia– establecía con la sobriedad de los actos estatales su nacionalidad “oficial”. Su hallazgo, sin embargo, fue tardío. Surgió tras una indagación paciente y casi detectivesca en los archivos antiguos, esos laberintos de columnas de papeles que actúan como custodios involuntarios del tiempo y de la sombra de los hombres.
Solicitando la ciudadanía argentina
El trámite de ciudadanía argentina comenzó en algún día de octubre de 1920. No se especifica si fue el mismo 8, fecha que figura en el documento expedido por el Consulado General del Uruguay. Un indicio que orienta hacia ese día es que la cédula de identidad argentina 383.017 fue renovada exactamente tres años después, el 8 de octubre de 1923.
En todo caso, a los pocos días de la solicitud obtuvo la cédula de identidad argentina, N.º 383.017, el mismo número que figuraba en la carátula de su expediente policial de 1907. Es importante recordar que la cédula era un instrumento de la Policía Nacional para el control interno de personas, pero nunca tuvo validación como documento de identidad en una ley nacional.
Gardel aún debía atravesar un período de verificaciones para acreditar nacionalidad y antecedentes, seguido de una residencia de dos años en el país, requisito indispensable para obtener la ciudadanía argentina definitiva. Solo entonces podría aspirar al pasaporte que le permitiría llevar su voz por el mundo. La Ley de Ciudadanía Argentina Nº 346, de 1869, establece en su Título II que podrán solicitar la naturalización “los extranjeros mayores de 18 años que residiesen en la República dos años continuos y manifestasen ante los jueces federales su voluntad de serlo”.
Debió esperar casi tres años para obtener la ciudadanía definitiva y demostrar el tiempo mínimo de residencia continua exigido por la ley. Ese plazo refuerza, de manera indirecta pero contundente, que su vida previa era reconocida oficialmente como uruguaya; de haber existido registros que acreditaran residencia anterior en la Argentina, la ciudadanía le habría sido concedida de inmediato. La demora de tres años es, a su manera, un testimonio.
Durante aquel proceso, la legislación argentina verificó que el ciudadano Carlos Gardel estuviera inscripto en el Registro Civil del Uruguay. El proceso de ciudadanía involucra además organismos como la Dirección Nacional de Migraciones, que exige una declaración jurada y pruebas fehacientes de arraigo.
Estos hechos plantean interrogantes sobre las narrativas biográficas que sitúan a Gardel viviendo en Argentina desde su infancia.
Argentino por adopción
A partir de esta regularización, Gardel pudo continuar con el resto de sus trámites, solicitar la ciudadanía argentina, viajar, adquirir propiedades, votar… y ejercer, al fin, los derechos y obligaciones propias de cualquier ciudadano.
Entre los pliegues de los documentos y las ausencias de los archivos, la historia busca sus resquicios para hablar. Y a veces lo que callan los documentos puede ser tan elocuente como lo que revelan.
Marcelo O. Martínez





















































