Lejos de los paisajes más difundidos y de los relatos turísticos habituales, existe un territorio que desafía casi todas las ideas preconcebidas sobre Uruguay. En el departamento de Rivera, el Valle del Lunarejo concentra una diversidad biológica y paisajística que no tiene equivalentes en el resto del territorio nacional. Selva, monte nativo y pradera conviven en un mismo espacio, dando lugar a uno de los ecosistemas más complejos y menos conocidos del país.
No es un lugar de postales rápidas ni de consumo inmediato. Es un valle serrano donde el paisaje cambia en pocos metros y donde la frontera no es solo geográfica, sino también ecológica y cultural.
Cuando el norte rompe el paisaje conocido
El Lunarejo no responde al molde clásico del campo uruguayo. El relieve se ondula, aparecen cuchillas y quebradas profundas, y los cursos de agua descienden entre laderas cubiertas de vegetación densa. El valle se extiende entre sierras y crea un sistema natural donde la humedad, la sombra y la topografía generan condiciones muy distintas a las del sur del país.
Aquí, el verde es más intenso y el monte adquiere una espesura poco habitual en latitudes templadas. El paisaje obliga a repensar la idea de un Uruguay uniforme y confirma que el norte guarda claves fundamentales para comprender la diversidad ambiental del territorio.
Un refugio biológico en la frontera
Uno de los rasgos más singulares del Valle del Lunarejo es su condición de refugio biológico. Especialistas lo señalan como el área protegida con mayor biodiversidad por kilómetro cuadrado del Uruguay. Esa riqueza se explica por su ubicación en una zona de transición, donde confluyen especies propias de ambientes templados y otras asociadas al bioma subtropical del sur de Brasil.
En el valle se registran especies de flora y fauna que no aparecen en otras regiones del país o que lo hacen de forma muy puntual. En la vegetación se destacan formaciones de selva en galería con especies típicas del bioma subtropical, como el laurel negro, el chal-chal, el guaviyú y diversas especies de helechos y epífitas poco frecuentes en Uruguay.
La fauna refuerza esa singularidad. En el área habitan aves asociadas a ambientes selváticos del sur de Brasil, como el pepitero de collar, el arañero chico y el tueré chico, además de anfibios y reptiles altamente sensibles a las alteraciones del hábitat. Entre los mamíferos se registran especies como el oso hormiguero chico, el gato montés y el coendú, cuya presencia está estrechamente ligada a la continuidad del monte nativo.
Selva, monte y pradera en un mismo territorio
El microclima del valle permite la coexistencia de ambientes que rara vez se superponen en Uruguay. A lo largo de los cursos de agua se desarrollan bosques ribereños densos, mientras que en las laderas conviven montes nativos y pastizales naturales.
Esta superposición explica la extraordinaria riqueza biológica del área, pero también su fragilidad. La alteración de uno de estos componentes impacta directamente sobre el conjunto, lo que convierte al Lunarejo en un ecosistema especialmente sensible a los cambios en el uso del suelo.
Ciencia antes que postal
El Valle del Lunarejo integra el Sistema Nacional de Áreas Protegidas como Paisaje Protegido, una categoría que reconoce tanto su valor ambiental como cultural. Su incorporación respondió a criterios científicos y de conservación, más que a una lógica de promoción turística.
La protección del área apunta a preservar un ecosistema único, donde la biodiversidad convive con formas tradicionales de ocupación del territorio. La ausencia de grandes infraestructuras y de promoción masiva no es casual: es una decisión que busca mantener el equilibrio entre acceso público y conservación.
La información oficial sobre el área, su delimitación y criterios de manejo puede consultarse en el sitio del Ministerio de Ambiente, a través del Sistema Nacional de Áreas Protegidas: https://www.ambiente.gub.uy/oan/snap/valle-del-lunarejo/
Un territorio vivo y habitado
El Lunarejo no es un espacio vacío. En su interior y en sus márgenes viven familias rurales que desarrollan actividades productivas tradicionales, principalmente ganadería extensiva de pequeña escala, cría de ovinos, producción de huertas familiares y aprovechamiento controlado del monte nativo, como la recolección de leña y frutos.
Estas prácticas, transmitidas de generación en generación, forman parte del paisaje cultural del valle y explican por qué la conservación del área se pensó desde el inicio en convivencia con la vida rural, y no como un parque aislado de su entorno humano.
Cómo llegar al Valle del Lunarejo
El acceso al valle se realiza a través de la Ruta 30, una vía central para recorrer el norte del departamento de Rivera. Desde el norte, se puede ingresar en las inmediaciones de las localidades de Masoller, Boquerón, La Palma y Lunarejo.
Desde el sur, se accede por la Ruta 5 hasta el empalme con la Ruta 30, continuando por esta última en dirección a Tranqueras y luego hasta el ingreso al área protegida. El Centro de Visitantes se encuentra en el kilómetro 239 de la Ruta 30 y cuenta con espacio para estacionar, al igual que algunos emprendimientos habilitados dentro del área.
Además, el servicio de ómnibus Montevideo–Artigas–Montevideo circula por la Ruta 30 y llega hasta el Centro de Visitantes, lo que permite acceder al valle incluso sin transporte propio.
Un Uruguay que todavía no miramos
El Valle del Lunarejo revela un país distinto, más diverso y complejo de lo que suele aparecer en el relato dominante. No es solo un paisaje atractivo, sino una frontera ecológica donde se cruzan climas, especies y formas de habitar el territorio.
Conocerlo implica ampliar la mirada sobre Uruguay y aceptar que, en el norte, existe un ecosistema que no encaja del todo en la imagen tradicional del país. Un valle donde la biodiversidad se vuelve visible y donde la naturaleza, lejos del espectáculo, sigue marcando el ritmo.








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