Un viaje no necesita motivos. Pronto demuestra que tiene sentido por sí mismo. Tú piensas que vas a hacer un viaje, pero muy pronto es el viaje quien te hace a ti. O quien te deshace.
El Viaje tiene la capacidad de transformarnos de forma profunda, de hecho, al encontrarnos con el Otro nos vamos haciendo Otro.
Mangoré, como Genial Forastero inspirado en lo foráneo, supo integrarse en culturas ajenas, supo acudir a “fiestas de otros” e incluso fue muy a menudo su mayor protagonista, tocando conciertos inolvidables en salas prestigiosas, en casi todas las metrópolis suramericanas y caribeñas. Pero también en muchísimos lugares apartados del mundanal ruido, en el interior de cada país visitado, en lo profundo, en especial por Uruguay y Río Grande do Sul, que recorrió palmo a palmo durante los años 20; hasta tocó en un frigorífico, llamado Armour, en Rivera, donde nunca le pagaron.
Los viajes solitarios nos permiten vivir varias vidas, llegar como intrusos a fiestas de otros, entrar en sus amores, sus amistades, y sus juegos. El Viaje nos hace múltiples, en el espacio y el tiempo, inmortales…
Verbigracia en Uruguay, Mangoré tenía a varios amigos guitarristas que lo alojaban durante largas estadías, como Luis Pasquet, en Salto, y sobre todo don Martín Borda y Pagola, un estanciero de Cerro de las Cuentas, que amén de ser su anfitrión fue su mejor mecenas, y un excelente consejero artístico y por si fuese poco, su mejor amigo. En aquellas casas amigas, las veladas literario- musicales no paraban, las tertulias, las guitarreadas con asado, las sobremesas, los encuentros con nuevos amigos locales. En aquellas “fiestas de otros”, don Agustín y don Francisco Martín Pío Barrios, su genial hermanito que le acompañaba en la escena, se hicieron Otros, adoptaron a Uruguay, y Uruguay los adoptó. De hecho, salvaron la “distancia” bouveriana que suele separar al viajero de los habitantes del país visitado:
El viajero escribe para medir una distancia. Si yo entendiera perfecto el Japón, dice Nicolas Bouvier, no escribiría mis evidencias, haría algo parecido a Robbe-Grillet. Pero no entiendo al Japón, al cabo de un año de estadía, solo yo lo había “entendido como se debe.” Y el tiempo no le cambia nada al asunto. Nunca escuché hablar tan tontamente de China, agrega, que por gente “que durante treinta años había gastado su amargura ahí”. Lo que cuenta no son los años de estancia sino los años de curiosidad, y la necesidad íntima: “necesitar al jardín del Ryoan-ji en lugar de saber el nombre de sus piedras”; deshacerse del solo sentimentalismo como de la amargura o del odio nacido del desarraigo, sin infundir en exotismo. “Un país es una sucesión de estados de ánimo”, se trata de explorarlos para jalonar esta distancia y recortarla un poco. Y tener de vuelta lo que está hecho para uno mismo.
Con su ánima errante –de aquellas que veían “en cada viaje un sueño por cumplir, una meta que alcanzar”– Mangoré se cruzó con varias otras ánimas, en sus numerosas estadías fuera de Paraguay, y aún mejor que Bouvier, supo salvar las distancias y fusionar con otras almas, las de sus anfitriones músicos, de sus compañeros y compañeras de guitarreadas, de sus amigos y amores cosechados a lo largo de su peregrino camino, en “románticas locuras”. Y por encima de todo, creó nuevas piezas de género mixto, aunque suenan siempre muy genuino, es lo que veremos en la segunda parte de esta nota.
Mangoré, insigne trovador transculturalador
Mangoré sufrió casi toda la vida una gran añoranza por su tierra natal, que tuvo que dejar por última vez en 1925, a los 40, rechazado por su propio país, dejando tras sí una madre doliente y dos hijos, uno a cargo de ella y otro de su excompañera: Isabel Villalba. Entonces, a lo largo de sus peregrinaciones, alejado de sus bases, sin duda desarraigado a veces, supo expresar con suma expresión escénica, y la emoción más profunda, la idiosincrasia paraguaya, la del interior, merced a temas mezclando una gran melancolía matizada por una gran alegría. Podemos citar al respecto su famosa “Danza paraguaya” que le proyecta al oyente atento y conocedor de aquellas maravillas, hacia la cumbre de un Cerro Azul, antediluviano, de mano de Berta Rojas, por ejemplo. También “Caazapá” y “Jha che Valle” tienen aquella impresionante carga afectiva, y muestran una rara capacidad del compositor a darnos a visualizar paisajes y escenas campestres, y hacernos escuchar los sonidos de la tierra paraguaya. Igual podemos decir de “Las abejas”, en que se distingue netamente el zumbar de las mágicas meliponas, las yateis locales, cuya miel silvestre no tiene para para curar muchos males. En cuanto a sus “Sueños en la floresta” cuyo primer título fue “Souvenirs d’un rêve”, en francés, y le inspiró el suyo a la obra híbrida de María Bernarda Cuellar Garay: una biografía dialógica, ahí todo el monte suena, como por arte de magia…
Pero como ya lo anticipamos, lo que lo hace realmente único es su capacidad para adaptar o fusionar ritmos locales con los suyos, creando ritmos híbridos a lo largo de sus tribulaciones, y procurando transcultural de forma panamericanista, desde los Andes hasta el Caribe, recorriendo casi todo Suramérica, desde sus capitales hasta los vericuetos del interior…
Agustín Pío Barrios Ferreira (San Juan Bautista, 5 de mayo de 1885-San Salvador, 7 de agosto de 1944), conocido también como “Nitsuga Mangoré”, fue un virtuoso guitarrista clásico y compositor paraguayo, ampliamente reconocido como uno de los más grandes exponentes del repertorio para guitarra clásica de la historia, tanto por su virtuosismo como por la originalidad de su obra, que fusiona técnicas europeas con motivos del folclore latinoamericano. En su apogeo a nivel internacional, era presentado frecuentemente como “el paraguayo de las cuerdas mágicas” y “mago de la guitarra”. Fragmento de un texto escrito por Éric Courthès en Amerika: Mémoires, identités, territoires, número 24, 2022.





















































